Contemplacion
Contemplacion Detrás del follaje distante pasaba un tren, todos los vagones estaban iluminados, las ventanillas bien cerradas. Uno de nosotros comenzaba a entonar una canción callejera; pero todos querÃamos cantar. Cantábamos mucho más rápido que el tren, nos cogÃamos del brazo, porque las voces no bastaban; nuestros cantos se unÃan en un estrépito que nos hacÃa bien. Cuando uno mezcla su voz con la de los demás, es como si se lo llevaran con un anzuelo.
Asà cantábamos, de espaldas al bosque, para los oÃdos de los viajeros lejanos. En el pueblo, los mayores estaban despiertos todavÃa, las madres preparaban las camas para la noche.
Ya era la hora. Yo besaba al que estaba a mi lado, daba la mano a los tres que estaban más cerca, y echaba a correr por el camino; nadie me llamaba. En el primer cruce, donde ya no podÃan verme, me volvÃa y retornaba corriendo al bosque. Iba hacia la ciudad, que quedaba hacia el sur del bosque; de ella decÃan en nuestro pueblo:
—Allà sà hay gente extraña. ImagÃnense que no duermen.
—¿Y por qué no duermen?
—Porque no están nunca cansados.
—¿Y por qué no?
—Porque son tontos.
—¿Y los tontos no se cansan?