Contemplacion
Contemplacion Y sin embargo no sé sacar ventaja de este impulso, y sólo puedo volver a mi casa, porque tengo la cara y las manos sucias y sudadas, la ropa manchada y polvorienta, el gorro de trabajo en la cabeza y los zapatos desgarrados por los clavos de los cajones. Vuelvo como llevado por una ola, haciendo chasquear los dedos de ambas manos, y acaricio el cabello de los niños que me salen al paso.
Pero el camino es corto. Apenas llego a mi casa, abro la puerta del ascensor y entro.
Entonces descubro de pronto que estoy solo. Otras personas, que deben subir escaleras, y por lo tanto se cansan un poco, se ven obligadas a esperar jadeando que les abran la puerta de su domicilio, y tienen asà una excusa para irritarse e impacientarse; entran luego en el vestÃbulo, donde cuelgan sus sombreros, y sólo después de atravesar el corredor, a lo largo de varias puertas acristaladas entran en su habitación, y están solos.
Pero yo ya estoy solo en el ascensor, y miro de rodillas el angosto espejo. Mientras el ascensor comienza a subir, digo:
—¡Quietas, retroceded! ¿Adónde queréis ir, a la sombra de los árboles, detrás de los cortinajes de las ventanas, o bajo el follaje del jardÃn?
Hablo entre dientes, y la caja de la escalera se desliza junto a los vidrios opacos, como el agua de un torrente.