Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Sólo recuerdo de primera mano un suceso de los primeros años. Quizá también tú lo recuerdes. Una noche me dio por gimotear una y otra vez pidiendo agua, no porque tuviera sed, sin duda, sino para fastidiar y al mismo tiempo distraerme. Después de intentar sin éxito hacerme callar con graves amenazas, me sacaste de la cama, me llevaste a la galería, cerraste la puerta y me dejaste un rato allí sólo en camisón. No pretendo decir que fuera un error, ya que quizá en aquel momento ésa era la única manera de obtener el necesario silencio nocturno, pero este episodio revela con toda claridad el carácter de tus métodos educativos y el efecto que estos producían en mí. Seguramente aquello me hizo más obediente, pero abrió una herida en mi interior. Debido a mi manera de ser, jamás pude comprender la relación entre mi absurdo empeño en pedir agua, que a mí me parecía perfectamente natural, y el hecho extraordinariamente terrible de que me sacaras de casa. Pasados algunos años todavía me atormentaba la idea de que aquel hombre enorme, mi padre, el detentador del poder absoluto, pudiera, sin apenas motivo alguno, aparecer en plena noche, arrancarme de la cama y sacarme a la galería, demostrando con ello lo poquísimo que yo le importaba. Aquello no fue más que el inicio, pero lo que está claro es que el sentimiento de nulidad que me domina a menudo (un sentimiento que, desde otra perspectiva, puede ser desde luego noble y fructífero) tiene en buena parte su origen en tu influencia. Lo que yo necesitaba era que me animaras un poco, que me tratases con afecto, que me abrieras un poco el camino, y en lugar de ello me lo cerrabas; eso sí, con la loable intención de que me encaminara por otro. Pero yo no estaba dotado para ello. Por ejemplo, me felicitabas cuando demostraba ser capaz de saludar y desfilar como es debido; pero yo no estaba llamado a ser soldado. O cuando comía con buen apetito e incluso acompañaba la comida con cerveza, o cuando lograba cantar una canción que me enseñabas y que yo no entendía, o repetir como un loro tus expresiones favoritas; pero nada de eso estaba llamado a formar parte de mi futuro. Y es curioso que incluso hoy en día sólo me des ánimos cuando se trata de algo en lo que tú te sientes también implicado, cuando está en juego tu amor propio, que yo hiero (por ejemplo con mis proyectos matrimoniales) o que alguien hiere en mi persona (por ejemplo cuando Pepa me insulta[944]). Entonces sí me animas, me recuerdas lo que valgo, aludes a los buenos partidos a los que podría aspirar si quisiera, y condenas sin paliativos a Pepa. Pero, aparte de que a mi edad ya de poco me sirve que me den ánimos, todavía me resulta más inútil si sólo me los dan en relación con asuntos en los que no soy el principal implicado.