Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Todo esto se aplicaba tanto a las ideas como a las personas. Bastaba con que yo mostrase algún interés por una persona —algo que, a causa de mi manera de ser, no sucedÃa muy a menudo—, para que, sin la menor consideración a mis sentimientos ni respeto a mi opinión, te inmiscuyeras prodigándole insultos, calumnias y humillaciones. No se libraron de ello personas tan inocentes, casi infantiles, como por ejemplo el actor yÃdish Löwy[946]. Sin conocerlo, lo comparaste de un modo terrible, que ya he olvidado, con un bicho[947], y como solÃa suceder con la gente a la que yo apreciaba, automáticamente sacaste a colación el refrán de los perros y las pulgas. Me acuerdo especialmente del actor porque por entonces tomé nota de tus invectivas contra él con estas palabras: «Mi padre habla asà de mi amigo (al que no conoce de nada) sólo porque es amigo mÃo. Eso siempre podré echárselo en cara cuando me acuse de falta de amor filial y gratitud». Nunca he podido comprender tu absoluta insensibilidad ante el dolor y la vergüenza que pudieran causarme tus palabras y tus opiniones; era como si desconocieras por completo el poder que tenÃas. Por supuesto que yo también te habré molestado con mis palabras muchas veces, pero siempre he sabido que lo hacÃa, y me dolÃa, pero no podÃa contenerme ni retener mis palabras, de las que me arrepentÃa en el mismo momento de pronunciarlas. Tú, en cambio, lanzabas tus andanadas verbales sin miramientos, nadie te daba pena, ni mientras hablabas ni después; frente a ti no habÃa defensa posible.