Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Y el caso es que, con una frecuencia pasmosa, eras tú quien acababa teniendo efectivamente razón, y yo el que se equivocaba. En nuestros intercambios verbales eso se daba por supuesto, ya que apenas llegaban a producirse nunca; pero lo mismo ocurría en el terreno de los hechos. En realidad eso no tenía nada de sorprendente: al fin y al cabo, toda mi mente se hallaba bajo tu intensa opresión, incluidos los pensamientos que no coincidían con los tuyos, o mejor dicho: especialmente ellos. Todos esos pensamientos en apariencia independientes de ti estaban desde el primer momento marcados por tu sentencia desfavorable; y en esas circunstancias era poco menos que imposible llevar el pensamiento a su culminación completa y duradera. Y no me refiero a pensamientos elevados de ninguna clase, sino a cualquiera de las pequeñas empresas de la infancia. Bastaba con estar contento por cualquier cosa y empapado de ella, llegar a casa y hacerlo saber, y la respuesta era un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un repiqueteo en la mesa con los dedos: «Vaya novedad», o «Te habrás quedado descansado», o «Cómo se nota que tienes pocas preocupaciones», o «Sal a la calle a contárselo a todo el mundo, hombre», o «Vaya, qué gran descubrimiento». Por supuesto, no se podía esperar que te entusiasmases por cualquier menudencia infantil, pues era bien sabido que vivías abrumado por las preocupaciones. Tampoco era esa mi intención. Lo que ocurría era más bien, en primer lugar, que te veías poco menos que obligado a provocarle sistemáticamente al niño aquellos desengaños, debido a tu naturaleza totalmente contraria a la suya; en segundo lugar, que esa oposición se reforzaba incesantemente por acumulación de material, de modo que acabó convirtiéndose en una costumbre y manifestándose incluso cuando por una vez eras de la misma opinión que yo; y finalmente, que esos desengaños del niño no eran los desengaños comunes de la vida cotidiana, sino desengaños trascendentales, ya que tenían su origen en tu persona, medida de todo. Era imposible mantener hasta el final el coraje, la resolución, la esperanza o la alegría por una cosa u otra si tú estabas en contra o simplemente se podía suponer que lo estarías; y cabía suponerlo casi siempre.