Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Algo equiparable sucedÃa con tu superioridad intelectual. HabÃas llegado tan lejos sólo gracias a ti mismo, y en consecuencia estabas totalmente convencido de que no podÃas equivocarte. De pequeño, aquello no me deslumbraba tanto como más tarde, en mi adolescencia. Gobernabas el mundo desde tu sillón. Siempre tenÃas razón, y cualquier otra opinión tenÃa por fuerza que ser absurda, extravagante, lunática, anormal. Confiabas en ti mismo hasta tal punto, que incluso podÃas prescindir de ser coherente contigo mismo: eso no te privaba de tener razón. También podÃa suceder que en un asunto no tuvieras opinión alguna, y por lo tanto todas las opiniones imaginables al respecto tenÃan que ser sin excepción erróneas. Por ejemplo, podÃas maldecir a los checos, luego a los alemanes y luego a los judÃos, y no sólo en aspectos parciales, sino globalmente, de modo que al final no quedaba en pie nadie más que tú. Adquiriste a mis ojos el carácter enigmático de todos los tiranos, cuya infalibilidad emana de su persona, no de su pensamiento. O por lo menos asà me lo parecÃa.