Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre La ironía te parecía un medio educativo especialmente eficaz, que además resultaba perfectamente natural, dada tu superioridad sobre mí. Normalmente, tus amonestaciones adoptaban la siguiente forma: «¿No puedes hacer esto así y asá? ¿Qué pasa, es demasiado para ti? Claro, no tienes tiempo, pobrecito» y cosas similares. Y cada una de esas preguntas iba acompañada de la correspondiente risa sarcástica y del gesto malicioso. En cierto modo, el castigo llegaba antes de que uno supiera que había hecho algo malo. También me resultaba irritante que me riñeras dirigiéndote a mí en tercera persona, como si no fuera digno ni siquiera de ser vituperado cara a cara: por ejemplo cuando, formalmente, le hablabas a mamá, pero en realidad te dirigías a mí, que estaba allí sentado con vosotros, y decías cosas como: «Pero claro, no podemos esperar tanto de nuestro señor hijo». (Eso tuvo luego también su consecuencia: llegó un momento en que yo no me atrevía ya a preguntarte nada directamente cuando estaba presente mamá, hasta el punto de que con el tiempo ya ni se me pasaba por la cabeza hacerlo. Me resultaba mucho menos arriesgado preguntarle por ti a ella, que estaba a tu lado, de modo que, para ahorrarme sorpresas desagradables, le preguntaba: «¿Cómo está papá?».) Por supuesto, en otros casos la ironía me parecía estupenda, por agria que fuera: por ejemplo, cuando su destinatario era Elli, con la que estuve enfadado durante años[949]. Para mí era una fiesta de la maldad y el regodeo oír decir casi en cada comida algo del estilo de: «Claro, la señorita está tan gorda que tiene que sentarse a diez metros de la mesa», y ver luego cómo te sentabas enfurruñado en tu sillón y, sin la más mínima brizna de amabilidad o humor, sino con hostilidad manifiesta, imitabas con gestos desmesurados su manera de sentarse, tan extraordinariamente repulsiva para tu gusto. Cuántas veces nos hiciste pasar por aquellas cosas y otras parecidas, y para qué poco te sirvió. Creo que se debía a que la cantidad de ira y enfado que liberabas no parecía guardar relación con las dimensiones reales del hecho que censurabas; no daba la sensación de que tu ira pudiera obedecer realmente a esa minucia de sentarse lejos de la mesa, sino que estaba presente con toda su acritud ya desde el principio y aquel asunto le servía como mero detonante. En cuanto a nosotros, convencidos de que siempre habría un detonante u otro, no nos esforzábamos demasiado en enmendarnos, y acabamos acostumbrándonos a las constantes amenazas; al cabo de un tiempo tuvimos la certeza casi total de que no nos pegarías. De ese modo nos convertimos en niños descontentos, distraídos, desobedientes, siempre ansiosos de refugiarnos en algún lugar, la mayoría de las veces en nosotros mismos. Y así sufrías tú y sufríamos nosotros. Desde tu punto de vista, tenías toda la razón cuando, apretando los dientes y con aquella risa gutural que, siendo niño, me sugirió la primera vez imágenes infernales, decías acremente (igual que no hace mucho, a raíz de una carta de Constantinopla): «¡Menuda gentuza!».