Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Los insultos los reforzabas con amenazas, y eso sí lo sufría yo en mis propias carnes. Por ejemplo, me aterrorizaba oírte decir: «Te voy a abrir en canal»; sabía muy bien que no iba a suceder nada grave (de pequeño no estaba tan seguro), pero, de acuerdo con la idea que tenía de tu poder, no dudaba que habrías sido capaz de hacerlo. También sufría terriblemente cuando echabas a correr gritando alrededor de la mesa en persecución de alguno de nosotros[948], y, aunque obviamente no tenías intención de capturarlo, fingías que sí, hasta que al final mamá, sumándose a la pantomima, nos salvaba la vida. El niño se figuraba que una vez más había conseguido sobrevivir gracias a tu clemencia, y a partir de entonces iba a seguir viviendo en la certeza de que la vida era un regalo tuyo, por supuesto inmerecido. En este capítulo entrarían también las desgracias con que amenazabas en caso de desobediencia. Cuando yo empezaba a hacer algo que no te gustaba, y me predecías un fracaso, mi respeto a tu opinión era tan grande que el fracaso se volvía irremediable, aunque quizá se aplazara a una fase posterior. Perdí la confianza en todo lo que pudiera hacer yo mismo. Me volví inconstante, dubitativo. A medida que me hacía mayor, se iba incrementando el material de que disponías para recriminarme mi nulidad; así, poco a poco fue resultando que tenías razón de veras. Una vez más, me guardo mucho de afirmar que seas el único responsable de que me haya vuelto así; tú sólo has reforzado lo que ya había, pero lo has reforzado mucho, precisamente porque eras muy poderoso en comparación conmigo y empleabas todo tu poder.