Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Por suerte, también había excepciones a esa regla, especialmente cuando sufrías en silencio y el amor y la bondad derrotaban y envolvían con su fuerza y su inmediatez todo lo que se les oponía. Aunque no sucedía muy a menudo, era maravilloso. Por ejemplo cuando, hace tiempo, en los veranos calurosos, te veía en la tienda, cansado, dormir una pequeña siesta después de comer, con el codo apoyado en el pupitre, o cuando venías los domingos acalorado a reunirte con nosotros en la casa de campo; o la vez que, estando mamá muy enferma, te vi agarrarte a la librería, tembloroso por el llanto; o cuando, durante mi última enfermedad, viniste a verme a la habitación de Ottla, pero te quedaste callado en la puerta, estiraste el cuello para verme en la cama y, por consideración, te limitaste a saludarme con la mano. En esos momentos uno se tumbaba a llorar de alegría, como yo vuelvo a llorar ahora cuando escribo esto.
También tienes cierta sonrisa muy hermosa, serena, satisfecha y benévola, muy poco frecuente, pero que puede hacer muy feliz a quien se la diriges. No recuerdo haber sido agraciado expresamente con ella durante mi infancia, pero quizá me equivoco, ya que por entonces no había motivo para que me la negaras; al fin y al cabo aún me creías inocente y tu gran esperanza. Por lo demás, tampoco esas impresiones amables consiguieron a la larga otra cosa que aumentar mi sentimiento de culpa y hacerme el mundo aún más incomprensible.