Diarios & Carta al padre

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Así que prefería atenerme a los hechos comprobables y duraderos. Pronto, con la única intención de reforzar un poco mi posición frente a ti, y en parte también por una especie de ánimo de venganza, empecé a observar, recopilar y exagerar las pequeñas ridiculeces que advertía en tu persona. Por ejemplo la manera en que te dejabas deslumbrar por individuos que en la mayoría de los casos no eran en realidad superiores a ti, tu manera de hablar sin parar de ellos, por ejemplo de cualquier consejero imperial o algo por el estilo (por otro lado, ese tipo de cosas también me dolían al ver que tú, mi padre, creías necesitar esa clase de nimias confirmaciones de tu valía y te dabas importancia con ellas). También observaba, por ejemplo, tu predilección por las expresiones groseras, a ser posible proferidas a voz en grito, y de las que tú mismo te reías, como si hubieras dicho algo estupendo, pese a que no eran más que obtusas y ramplonas groserías (aunque al mismo tiempo también una manifestación, vergonzosa para mí, de tu vitalidad). No me faltaba ocasión de observar ese tipo de cosas, y disfrutaba con ellas, me daban pie a cuchichear y bromear, y tú lo descubrías a veces y te enfadabas, atribuyéndolo a la maldad y a la falta de respeto; pero créeme, para mí aquello no era otra cosa que un medio de supervivencia, por lo demás inútil. Eran bromas como las que se hacen sobre los dioses y los reyes, bromas que van asociadas al más profundo respeto, es más, son su síntoma inequívoco.


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