Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Tú, por tu parte, como correspondía a tu situación similar hacia mí, intentabas contraatacar de algún modo. No te privabas de hacer notar lo exageradamente bien que yo vivía y lo bien que se me trataba. Y es cierto, pero, dadas las circunstancias, no creo que eso me beneficiara en lo esencial. Es verdad que mamá albergaba una bondad ilimitada hacia mí, pero a mis ojos todo eso estaba relacionado contigo, es decir, tenía un cariz negativo. Mamá desempeñaba inconscientemente el papel del ojeador en la cacería. En el caso improbable de que tus métodos educativos, al despertar en mí la obstinación, el rechazo o incluso el odio, me hubieran permitido alzarme, mamá se habría encargado de aplacarme con su bondad, con sus palabras razonables (en el caos de mi infancia, ella era el prototipo de la razón), mediando entre nosotros, y yo volvería a caer en tu círculo, del que de otro modo quizá habría conseguido escapar, para tu bien y el mío. O bien no llegaba a producirse una verdadera reconciliación, y simplemente mamá me protegía de ti en secreto, me daba o me permitía algo a escondidas, y así yo luego volvía a ser ante ti el ser escurridizo, el farsante, consciente de su culpa, que, debido a su nulidad, tenía que conseguir por medios clandestinos incluso aquello a lo que creía tener derecho. Por supuesto, acabé acostumbrándome a procurarme también por los mismos medios aquello a lo que no tenía derecho, ni siquiera desde mi punto de vista. Lo cual vino a incrementar aún más el sentimiento de culpa.