Diarios & Carta al padre

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Otra consecuencia visible de ese método educativo fue que yo acabase huyendo de todo lo que me recordase a ti, aunque fuera remotamente. Empezando por la tienda. De hecho, lo normal habría sido que la tienda me fascinara, especialmente en mi infancia, cuando era todavía un establecimiento modesto[950]: en aquel lugar lleno de animación, iluminado por la noche, uno veía y oía muchas cosas, podía echar una mano, hacer méritos, y sobre todo admirar tu grandioso talento comercial, tu manera de vender, de tratar a la gente, de bromear, de trabajar sin descanso, de tomar decisiones sobre la marcha en los momentos de duda, etc.; también tu manera de hacer un paquete o abrir una caja constituía un espectáculo digno de verse, y todo aquello, en conjunto, era algo de lo que un niño podía aprender mucho, desde luego. Pero como poco a poco llegaste a aterrorizarme en todos los aspectos, y la tienda y tú os solapabais a mis ojos, pronto empecé a sentirme incómodo también en ella. Ciertas cosas que al principio me habían parecido totalmente naturales empezaron a atormentarme y a avergonzarme: me refiero sobre todo a tu manera de tratar a los empleados. Quién sabe, quizá era así en la mayoría de los negocios (por ejemplo, cuando yo estaba en la Assicurazioni Generali[951], se trataba a los empleados de manera muy parecida, y cuando me despedí y tuve que explicarle el motivo al director, le dije, no del todo sinceramente, pero tampoco mintiendo por completo, que no soportaba las broncas, a pesar de que no había tenido que sufrirlas en mis propias carnes; y la verdad es que después de todo lo que vivía en casa, con mi propia familia, las broncas de toda clase me resultaban insoportables), pero cuando era pequeño los otros negocios me traían sin cuidado. Era a ti a quien oía y veía en la tienda gritando, abroncando y renegando de un modo que no tenía parangón en el mundo entero, o así me lo parecía a mí entonces. Y no eran sólo las broncas, sino todas las demás manifestaciones de tiranía. Por ejemplo, cuando de un manotazo tirabas del escritorio las cosas que no querías que se mezclaran con otras —sólo te disculpaba un poco la inconsciencia de tu ira— y el mozo tenía que recogerlas. O la frase que dedicabas permanentemente a un mozo que padecía de los pulmones: «¡Así reviente ese maldito enfermo!». A los empleados los llamabas «enemigos pagados», y lo eran; pero desde mi punto de vista, tú te erigías ya de entrada en su «enemigo pagador». Allí también aprendí algo muy importante: podías ser injusto; por mí mismo no me habría dado cuenta tan pronto, ya que había acumulado en mi interior un sentimiento de culpa cada vez mayor que justificaba tu actitud hacia mí; pero en mi opinión infantil, que más tarde variaría algo, aunque no demasiado, lo que había en la tienda eran personas ajenas a la familia, que al fin y al cabo trabajaban para nosotros y a cambio vivían en un constante terror a tu persona. Por supuesto, mi percepción era exagerada, ya que daba por sentado que producías en aquellas personas el mismo efecto terrorífico que en mí. Si hubiera sido así, realmente no habrían podido vivir de esa manera; pero como eran adultos, la mayoría con los nervios bien templados, se sacudían sin esfuerzo tus broncas, y en realidad tú salías peor parado que ellos. De todas formas, para mí aquello hizo de la tienda un lugar insufrible, que me recordaba demasiado a tu relación conmigo: incluso dejando aparte tu espíritu emprendedor y tu obsesión por la autoridad, eras, sólo en tu condición de hombre de negocios, tan superior a todos los que habían aprendido a tu lado, que su rendimiento no podía satisfacerte de ningún modo, y aquella insatisfacción había de ser muy similar a la que yo te provocaba. Eso me hizo ponerme inevitablemente del lado de los empleados, aunque había también otra razón: el puro y simple miedo. No concebía que se pudiera insultar de aquella manera a unos desconocidos, y mi temor hacía que deseara reconciliar de algún modo contigo y con mi familia a aquellos empleados —que a mi modo de ver habían de estar indignadísimos—, aunque fuera sólo por mi propia seguridad. Para ello no bastaba con que los tratara con corrección, ni siquiera con modestia: había de mostrarme verdaderamente humilde; no sólo saludar primero, sino incluso, si era posible, evitar que me devolvieran el saludo. Y aun si el individuo insignificante que yo era les hubiera lamido las plantas de los pies, no habría bastado para compensar las andanadas que tú descargabas sobre ellos. La relación que de tal modo establecí con mis congéneres fue más allá de los límites de la tienda y se prolongó hacia el futuro (algo parecido, aunque no tan profundo y peligroso como en mi caso, es por ejemplo la inclinación de Ottla por la gente humilde, su costumbre, que tanto te irrita, de juntarse con las criadas y cosas por el estilo). Al final, la tienda casi me daba miedo, y en cualquier caso dejó de interesarme ya mucho antes de que empezara el bachillerato, que me apartó todavía más de ella. Además, si a ti la tienda, como decías, te desbordaba, ¿qué no sucedería conmigo, que estaba mucho menos capacitado para sacarla adelante? Fue entonces (y eso hoy me conmueve y me avergüenza) cuando, a pesar de todo, intentaste entender mi aversión a la tienda, a tu obra, en un sentido más halagüeño para ti, y empezaste a decir que yo no valía para el negocio, que picaba más alto y cosas similares. Por supuesto, a mamá le encantaba ese argumento, que tú mismo te forzabas a sustentar, y yo, en mi vanidad, también me dejé influir por él. Pero si en efecto, o por lo menos en buena parte, hubiera sido ese «picar más alto» lo que me alejó de la tienda (que ahora, pero sólo ahora, odio sincera y realmente), mi evolución habría sido muy otra, no habría pasado flotando tranquila y temerosamente por el bachillerato y por la carrera de derecho, hasta ir a parar al fin a mi escritorio de funcionario.


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