Diarios & Carta al padre

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Elli es el único ejemplo de alguien que ha conseguido escapar casi por completo de tu influencia. Y de ella es de quien menos lo esperaba yo cuando éramos pequeños: era una niña torpe, siempre cansada, temerosa, amargada, con sentimiento de culpa, exageradamente humilde, retorcida, perezosa, golosa, avariciosa; yo casi no podía mirarla, y mucho menos hablarle, de tanto como me recordaba a mí mismo, de tanto como estaba, igual que yo, sometida al imperio de tu educación. Me repugnaba sobre todo su avaricia, ya que la mía era aún más fuerte si cabe. Es sabido que la avaricia es uno de los síntomas más inequívocos de una profunda infelicidad; yo estaba tan inseguro de todas las cosas, que sólo poseía realmente lo que tenía entre manos o en la boca, o por lo menos estaba camino de ellas, y era precisamente eso lo que ella, que estaba en una situación parecida, se empeñaba en arrebatarme. Pero todo cambió cuando, aún joven —eso es lo más importante—, se marchó de casa, se casó, tuvo hijos y se convirtió en una persona alegre, despreocupada, animosa, generosa, desinteresada, esperanzada. Es casi increíble que tú no hayas notado en absoluto ese cambio ni hayas sabido apreciarlo en lo que vale: hasta tal punto te ciega el rencor que has sentido desde siempre hacia Elli, y que en lo esencial no ha variado, con la única salvedad de que ha perdido parte de su vigencia desde que ella ya no vive con nosotros, y además tu amor por Felix y tu afecto hacia Karl lo han hecho pasar a un segundo plano[952]. Sólo a Gerti le toca aún de vez en cuando cargar con ese rencor[953].


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