Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Lo que ya tenÃa algo más de fundamento era tu inquina hacia mi dedicación a escribir y todo lo relacionado con ella, por más que te fuera desconocido. En este terreno sà que me habÃa separado un poco de ti por mis propios medios, aunque, por asà decirlo, como el gusano que, aplastada por un pie su mitad trasera, se desgaja de ella y se aparta del camino. Me sentÃa hasta cierto punto seguro, podÃa respirar; por una vez, tu aversión —en este caso la que, como no podÃa ser menos, te produjo de inmediato mi dedicación a escribir— me complacÃa. HerÃas mi vanidad y mi ambición con tu manera de dar la bienvenida a mis libros, que llegó a ser proverbial: «¡Déjalo en la mesita de noche!» (y es que normalmente, cuando llegaba un libro, estabas jugando a cartas); pero en el fondo aquel recibimiento me satisfacÃa, no sólo por el sentimiento de rebelde malignidad que me provocaba, no sólo porque confirmaba una vez más la idea que yo tenÃa de nuestra relación, sino por algo mucho más simple y primitivo: porque aquella fórmula me sonaba a algo asà como: «¡Ya eres libre!». Por supuesto, me engañaba: no era libre, o, en el mejor de los casos imaginables, no lo era todavÃa. Mis escritos trataban sobre ti, lo único que hacÃa en ellos era llorar lo que no podÃa llorar en tu pecho. Era un adiós intencionadamente retardado, que, pese a haberlo forzado tú, se encaminaba en la dirección determinada por mÃ. Pero todo aquello era bien poca cosa. Sólo es digno de mención porque aconteció en mi vida —en cualquier otro lugar habrÃa pasado desapercibido—, y por otro motivo más: porque ha presidido mi existencia; en mi infancia era una intuición de futuro, luego fue una esperanza, y más tarde, en muchos casos, ha tomado la forma de la desesperación. Y me ha dictado —sirviéndose para ello de tu apariencia, si se quiere— las pocas decisiones que he adoptado.