Diarios & Carta al padre

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En los últimos años, al tener la impresión de que yo me interesaba más por lo judío, has reaccionado de una manera que ha confirmado lo que pienso acerca de tu manera de entender el judaísmo. Como de entrada siempre sientes aversión hacia cualquier actividad que yo pueda emprender, y más aún hacia mi manera de interesarme por las cosas, también la sentiste en este caso. Pero nada habría tenido de extraño que hicieras una pequeña excepción: al fin y al cabo, lo que se despertaba en mí era tan judío como tu propio judaísmo, y habría podido hacer de puente entre tú y yo. No niego que si tú hubieras mostrado interés por esas cosas, a mí me habrían parecido sospechosas al instante. Nada más lejos de mi intención que afirmar que yo sea de algún modo mejor que tú en este sentido. Pero no hubo lugar a la comprobación. Ahora, al llegarte a través de mí, el judaísmo te parecía de pronto repugnante; los escritos judíos te resultaban ilegibles y «te daban asco». Quizá fuera debido a tu empeño en mantener que el único judaísmo verdadero era el que me habías mostrado en mi infancia, y que más allá no había nada. Pero la verdad es que era impensable que te empeñaras en eso. Así pues, el «asco» (dejando aparte el hecho de que no era el judaísmo, sino mi persona lo que lo provocaba en primer término) sólo podía significar que reconocías inconscientemente la precariedad de tu propio judaísmo y de mi educación judía, y todo aquello que te lo recordara chocaba con tu odio declarado. Con todo, la importancia que le atribuías —en sentido negativo, claro— a mi nuevo judaísmo era muy exagerada, ya que en primer lugar llevaba en su seno tu maldición, y en segundo lugar requería inexcusablemente para su desarrollo de algún tipo de relación con el prójimo, lo cual en mi caso lo hacía impracticable.


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