Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre No se trataba, desde luego, de un fenómeno aislado; algo similar le sucedÃa a una gran parte de aquella generación judÃa de transición que se habÃa instalado en las ciudades, procedente del campo, donde aún se mantenÃa un cierto grado de religiosidad; era un hecho completamente natural, pero en nuestro caso se convirtió en otra arista más, y bastante dolorosa, de nuestra relación, que no estaba falta de ellas. Acepto que también en este aspecto te consideres inocente —yo también creo que es as×, pero a condición de que justifiques esa inocencia a partir de tu propia naturaleza y del momento histórico que vivÃamos, y no te limites a echar mano de las circunstancias externas inmediatas, alegando, por ejemplo, que tenÃas demasiado trabajo y preocupaciones como para perder el tiempo con cosas semejantes. Ése es el mecanismo que sueles emplear para convertir tu innegable inocencia en un reproche injusto contra los demás. El argumento, sin embargo, es muy fácil de rebatir, en todos los terrenos y también en éste. No se trataba de que les impartieras a tus hijos ninguna clase de enseñanza, sino de que los educases mediante el ejemplo; si tu judaÃsmo hubiera sido más sólido, tu ejemplo habrÃa sido más eficaz. Es algo que salta a la vista, y no pretendo con ello reprocharte nada, sino, como he hecho hasta ahora, sólo rechazar los reproches que tú arrojas contra mÃ. No hace mucho leÃste las memorias de Franklin[959]. Es cierto, te di a leer ese libro con segundas intenciones, pero no, como comentaste irónicamente, por el breve pasaje sobre el vegetarianismo, sino por el modo en que el autor describe, por un lado, la relación que tenÃa con su padre, y, por el otro, la que tenÃa con su hijo, para quien escribió esas memorias. No entraré en detalles.