Diarios & Carta al padre

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Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, y, por más vueltas que les dé, siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha hecho un daño terrible en no pocos sentidos. Hay en esta constatación un reproche que se dirige contra mucha gente. Están ahí mis padres, con los parientes, una cocinera muy concreta, mis profesores, algunos escritores, familias amigas, un bañero, paisanos en los lugares de veraneo, algunas señoras del parque municipal de las que nadie se imaginaría jamás algo así, un peluquero, una mendiga, un timonel, el médico de cabecera y otros muchos, y serían aún más si yo quisiera y pudiera designarlos a todos por su nombre, en resumen, son tantos que, entre el montón, he de tener cuidado de no nombrar dos veces a alguno. Ahora bien, alguien podría objetar que un reproche dirigido a tan gran número de personas pierde solidez, tiene que perder solidez por fuerza, pues un reproche no es un general al mando de un ejército: el reproche se limita a avanzar en línea recta y no puede dividirse. Mucho más en este caso, en que se dirige contra figuras del pasado. Es posible que esas figuras hayan quedado grabadas en la memoria con una energía olvidada, pero ahora ya casi no tienen suelo bajo los pies, y hasta sus piernas no deben de ser ya mucho más que humo. De qué puede servir señalar ahora los errores que unas personas en ese estado cometieron alguna vez, en otros tiempos, en la educación de un niño que a esa gente le resulta ahora tan incomprensible como ella a nosotros. Y es que ya no es posible ni siquiera hacerles recordar aquellos tiempos, no se acuerdan de nada, y si uno insiste, lo apartan a un lado sin decir palabra, no hay manera de forzarlos a recordar, pero quizá no tiene sentido intentar forzarlos, pues todo hace pensar que no oyen ni una sola palabra. Parecen perros cansados, pues gastan toda su energía en mantenerse en pie en el recuerdo. Pero si uno consiguiera realmente hacerles oír y hablar, le lloverían los contrarreproches, ya que los seres humanos se llevan al más allá la creencia en la respetabilidad de los muertos y la defienden desde allí con un ímpetu diez veces mayor. Y si acaso eso no fuera cierto y los muertos sintiesen un gran respeto por los vivos, entonces ellos se remitirían a su pasado de personas vivas, que es el que más cerca les queda, y otra vez volverían a llover los reproches. Y si eso tampoco fuera verdad y resultase que los muertos son muy imparciales, tampoco admitirían que se los importunase con reproches indemostrables. Pues los reproches de ese género son indemostrables, aun de persona a persona. Si ya es difícil demostrar que han existido errores en una educación, cuánto más precisar su autoría. Y a ver qué reproche, en semejantes circunstancias, no acaba transformándose en un sollozo.


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