Diarios & Carta al padre

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Ése es el reproche que yo he de hacer. Tiene un interior sano, la teoría lo sostiene. Lo que realmente han estropeado en mí, o bien lo olvido por el momento, o bien lo perdono, y por esas cosas no protesto. En cambio puedo demostrar en cualquier momento que mi educación quiso hacer de mí alguien diferente de quien he llegado a ser. Así pues, lo que les reprocho a mis educadores es el daño que, de acuerdo con sus intenciones, podrían haberme causado; les reclamo el ser humano que soy ahora, y como no pueden dármelo, les hago con mi reproche y con mis risas un redoble de tambor que penetra hasta el más allá. Pero todo esto está al servicio de un objetivo diferente. Lo que quisiera es que el reproche de que han estropeado una parte de mí, una parte grande y hermosa —que a veces se me aparece en sueños como a otros se les aparece su novia muerta—, que sobre todo ese reproche, siempre a punto de convertirse en un sollozo, llegue indemne al más allá, como un reproche honesto, pues de hecho lo es. Así ocurre que el gran reproche, el reproche que nada puede refutar, toma de la mano al pequeño; si el grande anda, el pequeño va dando brincos; pero en cuanto el pequeño se adentra en el más allá, se hace notar, eso es lo que siempre hemos estado aguardando, y toca la trompeta para acompañar al tambor.



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