Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, pero siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha estropeado más de lo que alcanzo a comprender. Físicamente soy una persona como tantas otras, pues mi educación corporal se atuvo a lo corriente, como corriente era también mi cuerpo, y aunque soy bastante bajo y un poco gordo, gusto a muchas personas, incluyendo algunas chicas. Nada hay que decir sobre eso. No hace mucho una dijo algo muy razonable, «Ay, cómo me gustaría verlo desnudo, así sí que ha de estar usted guapo, para besarlo», dijo. Pero aunque me faltase aquí el labio superior, allí el pabellón de una oreja, aquí una costilla, allá un dedo, y aunque tuviese calvas en la cabeza y en la cara picaduras de viruela, ni siquiera así mi cuerpo correspondería de verdad a la imperfección de mi interior. Esa imperfección no es de nacimiento y por eso resulta tanto más dolorosa. Pues, como todo el mundo, también yo nací con un centro de gravedad dentro de mí, que ni siquiera la educación más disparatada ha podido desplazar. Ese buen centro de gravedad aún lo tengo, lo que ya no tengo es, por decirlo así, el cuerpo que va con él. Y un centro de gravedad que no tiene ninguna tarea que cumplir se convierte en plomo y se aloja en el cuerpo como una bala de fusil. Pero esa imperfección tampoco es merecida, yo he sufrido su génesis sin ser culpable de ella. Por eso tampoco encuentro dentro de mí señal alguna de arrepentimiento, por más que busque. Y es que el arrepentimiento me sentaría bien, ya que se llora a sí mismo en su propio llanto; el arrepentimiento deja a un lado el dolor y arregla él solo todos los asuntos, como si fueran lances de honor; nosotros nos mantenemos en pie mientras él nos alivia.