Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Como ya he dicho, mi imperfección no es de nacimiento, no es merecida; sin embargo, yo la soporto mejor que otros soportan, con gran trabajo de su imaginación, con recursos rebuscados, desdichas mucho menores, una esposa horrible por ejemplo, situaciones de pobreza, trabajos de miseria, y aun así yo no tengo ni mucho menos la cara negra de desesperación, sino blanca y sonrosada.
No la tendría así si mi educación hubiera penetrado en mí tanto como pretendía. Quizá mi infancia fue demasiado breve para ello, si es así me felicito de todo corazón de su brevedad, todavía ahora, pasados los cuarenta años. Sólo eso hizo posible que me queden todavía fuerzas para ser consciente de las pérdidas de mi infancia, para digerir además esas pérdidas, para lanzar además en todas direcciones reproches contra el pasado, y por fin un resto de fuerza para mí mismo. Pero todas esas fuerzas son a su vez sólo un resto de las que poseía cuando era niño y me hicieron más vulnerable que otros a los corruptores de menores, y es que al buen coche de carreras el polvo y el viento lo persiguen y rebasan más que a los otros, y los obstáculos salen disparados hacia sus ruedas de tal modo que casi parece que lo hagan por amor.