Diarios & Carta al padre

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Siguiendo al marinero abandonaron el despacho y doblaron por un pequeño pasillo que los condujo, al cabo de unos pasos, hasta una puertecita desde la que una corta escalerilla llevaba al bote que les habían preparado. Los marineros del bote, al que el guía bajó de un salto, se levantaron y saludaron militarmente. Estaba el senador advirtiendo a Karl que bajara con cuidado, cuando el muchacho, que aún se hallaba en el peldaño más alto, prorrumpió en un llanto violento. El senador puso entonces su mano derecha bajo la barbilla de Karl y, estrechándolo con fuerza contra sí, lo acarició con la izquierda. Así descendieron lentamente escalón tras escalón y entraron estrechamente abrazados en el bote, donde el senador eligió un buen sitio para Karl, justo enfrente del suyo. A una señal del senador, los marineros se apartaron del barco y se pusieron a trabajar de inmediato. Apenas se habían alejado unos metros cuando Karl hizo el inesperado descubrimiento de que se encontraban precisamente ante el costado del barco al que daban las ventanas de la caja principal. Las tres ventanas estaban ocupadas por los testigos de Schubal, que saludaban y les hacían señas muy amistosamente; incluso el tío se lo agradeció, y uno de los marineros se las apañó para enviar hacia arriba un beso con la punta de los dedos sin dejar de remar uniformemente. Era como si ya no existiese fogonero alguno. Karl observó con más detenimiento al tío, cuyas rodillas casi rozaban las suyas, y le entraron dudas sobre si aquel hombre podría sustituir alguna vez, para él, al fogonero. Sin embargo, el tío esquivó su mirada y se quedó mirando las olas que mecían el bote.


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