Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre En casa de su tío, Karl se acostumbró pronto a su nueva situación. Su tío lo atendía amablemente en todo, y Karl nunca tuvo que hacer su aprendizaje mediante esas experiencias desagradables que la mayoría de las veces amargan los comienzos de una vida en el extranjero.
La habitación de Karl estaba en el sexto piso de un edificio cuyos cinco primeros pisos, a los que se añadían otros tres subterráneos, estaban ocupados por el negocio de su tío. La luz que entraba en su habitación por dos ventanas y la puerta de un balcón hacía que Karl no dejase de asombrarse siempre cuando, por la mañana, salía de su pequeña alcoba. ¿Dónde hubiera tenido que vivir de haber llegado al país como un inmigrante pobre e insignificante? Quizá, como consideraba muy probable su tío, buen conocedor de las leyes de inmigración, no le habrían permitido siquiera entrar en Estados Unidos, sino que lo habrían devuelto a su país, sin preocuparse por el hecho de que no tuviera ya un hogar. Porque en América no se podía esperar compasión y era totalmente exacto lo que Karl había leído al respecto: sólo los afortunados parecían disfrutar realmente de su buena suerte entre los rostros despreocupados que los rodeaban.