Diarios & Carta al padre

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A partir de la barra[113], escrito con desesperación, pues hoy están jugando a las cartas de manera especialmente ruidosa[114], tengo que sentarme a la mesa común, Ottla ríe con la boca llena, se levanta, se sienta, alarga la mano sobre la mesa, me habla, y yo, para rematar la desgracia, escribo fatal y no hago más que pensar en los excelentes recuerdos parisienses de Löwy, escritos con un sentimiento ininterrumpido, que surgen de un fuego propio, mientras que yo, al menos ahora, seguro que debido sobre todo a que tengo tan poco tiempo, me encuentro bajo una influencia casi total de Max, cosa que a veces, para colmo, me impide disfrutar de sus trabajos. Para consolarme, anoto un comentario biográfico de Shaw[115], aunque realmente contiene lo contrario del consuelo: De joven fue aprendiz en la oficina de un agente inmobiliario de Dublín. Pronto abandonó ese puesto, viajó a Londres y se hizo escritor. En los primeros nueve años, de 1876 a 1885, ganó en total ciento cuarenta coronas. «Pero aunque era un joven fuerte y mi familia se encontraba en mala situación, no me lancé a la lucha por la vida; lancé a mi madre y dejé que ella me mantuviera. No fui un sostén para mi viejo padre, al contrario, me aferré a sus faldones.» Después de todo, me consuela poco. Los años de libertad que él tuvo en Londres para mí ya han pasado, la felicidad posible va volviéndose cada vez más imposible, llevo una horrible vida vicaria, y soy lo bastante cobarde y mísero como para seguir a Shaw sólo hasta el punto de haberles leído ese pasaje a mis padres. ¡Cómo centellea ante mis ojos abiertos esa vida posible, con colores de acero, con tensas ballestas de acero y una aérea oscuridad entre ellas!


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