Diarios & Carta al padre

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La impresión de discreción causada por el programa de mano. No se mencionan sólo los nombres, sino algo más, aunque sólo el mínimo imprescindible que el público, incluso el más benévolo y frío, ha de conocer sobre una familia que queda expuesta a su juicio. Schmut Leiblich es «un comerciante rico», pero no se dice que es viejo y tiene mala salud, ni que es un ridículo mujeriego, un mal padre y un viudo impío, que se casa en el aniversario de la muerte de su mujer. Y sin embargo todos esos datos serían más exactos que el que da el programa de mano, pues al final de la obra ya no es rico, porque la Selde se lo ha robado todo, y ya casi no es comerciante, pues ha descuidado su negocio. Simon es en el programa de mano «un estudiante», o sea, algo muy vago que también son, que sepamos, muchos hijos de nuestros conocidos, incluso los más lejanos. Alexander, ese joven sin carácter, es sólo «Alexander»; de Lise, la muchacha hacendosa, también sabemos sólo que es «Lise». Lemech es, por desgracia, «un idiota», pues eso no se puede mantener oculto. Wladimir Worobeitschik es sólo «el amante de Selde», no el corruptor de una familia, no un bebedor, un jugador, un libertino, un haragán, un parásito. La designación «amante de Selde» es bastante reveladora, pero en relación con su comportamiento es lo menos que puede decirse. Por lo demás, el lugar de la acción es Rusia, y no sabemos si los personajes están dispersos por un territorio enorme o reunidos en un punto pequeño, no revelado, de ese territorio; en resumen, la obra se vuelve imposible, el espectador no conseguirá ver nada / Y sin embargo la obra comienza, las fuerzas del autor, evidentemente grandes, se ponen en funcionamiento, salen a la luz cosas de las que no habríamos creído capaces a los personajes del programa de mano y que sin embargo les corresponden con toda seguridad, aunque uno sólo quiera conceder crédito a los latigazos, los desgarros, las palizas, las palmadas en los hombros, los desmayos, los degüellos, las cojeras, las danzas con botas de montar rusas, las danzas con faldas femeninas al aire, los revolcones en el canapé, es decir, cosas que no dan lugar a la objeción. Ni siquiera es necesario el punto álgido, vivido en el recuerdo, de la emoción del espectador para darse cuenta de que la impresión de discreción causada por el programa de mano es una impresión falsa, que sólo puede formarse después de la función, pero que ya ahora es una impresión incorrecta, es más, imposible, que sólo puede surgir en alguien cansado, situado al margen, pues para el que juzga con honestidad, después de la representación no cabe ya ver ninguna relación autorizada entre el programa de mano y la representación.


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