Diarios & Carta al padre

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En el escenario faltaban los Klug[147]. Figurantes ridículos. «Judíos sin desbastar», como dijo Löwy. Viajantes de comercio, que además no cobraban. La mayor parte del tiempo no hicieron otra cosa que reprimirse la risa o disfrutar de ella, aunque por lo demás tenían buenas intenciones. Uno, un hombre mofletudo de barba rubia, ante cuya presencia apenas podía uno contener la risa, se reía de un modo especialmente cómico, debido a la falta de naturalidad de la barba postiza, que se le movía y le cubría mal las mejillas al reírse, lo cual, desde luego, no estaba previsto. Otro se reía sólo cuando él quería, pero entonces se reía mucho. Cuando Löwy moría cantando, y se retorcía en los brazos de estos dos ancianos, y debía caer lentamente a tierra a medida que su canto se extinguía, ellos juntaron sus cabezas por detrás de la espalda de Löwy para poder hartarse por fin de reír sin que el público los viera (o eso creían ellos). Todavía ayer me dio risa al acordarme durante el almuerzo. — En la cárcel, la señora Tschissik tiene que quitarle el casco al gobernador romano que la visita, que está borracho (Pipes hijo), y luego ponérselo ella misma. Cuando se lo quita, cae un pañuelo doblado, que Pipes por lo visto ha metido allí porque el casco le apretaba demasiado. Pero aunque tenía que saber por fuerza que le iban a quitar el casco en el escenario, lanza a la señora Tschissik una mirada de reproche, olvidándose de que está borracho. — Bonito: cómo se retorcía la señora Tschissik entre las manos de los soldados romanos (a los que por cierto tuvo que agarrar a la fuerza, pues por lo visto les daba miedo tocarla), mientras gracias a ella, a su esmero y a su arte, los movimientos de los tres seguían casi, sólo casi, el ritmo del canto; la canción en la que anuncia la llegada del Mesías y, sin producir ninguna extrañeza, con su solo poder, representa el toque del arpa con movimientos de arco del violín; en la cárcel, en la que, al oír pasos cada vez más cercanos, interrumpe su canto fúnebre, se aproxima rápidamente al molino de tambor y lo hace girar mientras canta una canción de trabajadores, luego retoma enseguida su canto y todavía regresa otra vez al molino; cómo canta dormida cuando viene a verla Papus y tiene la boca abierta como un ojo parpadeante; cómo en general las comisuras de su boca recuerdan, al abrirse, a los ángulos de sus ojos. — Estaba guapa tanto con el velo blanco como con el negro. — Movimientos nuevos que he descubierto en ella: apretar la mano contra el corsé de mala calidad, sacudida breve de los hombros y las caderas cuando se mofa de alguien, sobre todo cuando vuelve la espalda a la persona objeto de la burla. — Dirigió toda la representación como un ama de casa. Soplaba el texto a todo el mundo, pero ella nunca se quedaba cortada; instruía a los figurantes, les suplicaba y si hacía falta les daba un empujón; cuando no estaba en el escenario, su voz clara se mezclaba en el débil canto coral del escenario; sostenía el decorado móvil (que en el último acto representaba una ciudadela), que de otro modo los figurantes habrían tirado al suelo decenas de veces. — Yo esperaba calmar un poco mi amor por ella con mi ramo de flores, pero fue del todo inútil. Sólo es posible calmarlo mediante la literatura o mediante el acto sexual. Escribo esto no porque no lo supiese, sino por que quizá sea bueno poner por escrito bastantes veces lo que nos sirve de advertencia.


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