Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Mientras esperaba en casa del abogado estuve mirando a aquella mecanógrafa y reflexionando sobre lo difícil que era hacerse una idea de su cara, incluso mientras la miraba. Lo más desconcertante era la relación entre el peinado estirado, que rodeaba su cabeza casi con el mismo espesor en todas partes, y la nariz recta, que casi siempre parecía demasiado larga. Cuando la chica hizo un gesto un poco más llamativo, mientras leía unos documentos, casi me alteré al darme cuenta de que con todas mis reflexiones había permanecido más ajeno a ella que si le hubiera rozado la falda con el dedo meñique.
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Cuando el abogado, al leer el contrato, llegó a un pasaje que trataba de mi posible futura esposa y de mis posibles hijos, advertí frente a mí una mesa con dos sillones grandes y uno pequeño a su alrededor. Al pensar que yo nunca estaré en condiciones de ocupar esos tres sillones, u otros cualesquiera, con mi persona, la de mi mujer y la de mi hijo, me invadió un deseo tan desesperado ya desde el principio de alcanzar esa felicidad, que, presa de la agitación, le hice al abogado la única pregunta que me había quedado durante la larga lectura, que enseguida puso al descubierto mi total incomprensión de una buena parte del contrato que precisamente él acababa de leerme.
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