Diarios & Carta al padre

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El resto de la despedida: En Pipes noté, por sentirme oprimido por él, sobre todo las puntas irregulares y con manchas oscuras de sus dientes. Por fin tuve una semiocurrencia: «¿Por qué viajar de una sola vez tan lejos, hasta Núremberg?», pregunté, «¿por qué no dar una o dos funciones en alguna ciudad más pequeña, de camino?». ¿Conoce usted alguna?, preguntó la señora Tschissik, aunque no tan bruscamente como lo escribo, ni mucho menos, y con ello me forzó a mirarla. Toda la parte de su cuerpo visible por encima de la mesa, el conjunto de sus hombros, su espalda y sus senos, era suave, a pesar de que tiene una complexión huesuda, casi tosca, cuando aparece en el escenario vestida a la europea. Yo, ridículamente, propuse Pilsen. Unos parroquianos de la mesa de al lado propusieron, muy razonablemente, Teplitz[149]. El señor Tschissik era partidario de cualquier estación intermedia, sólo confía en las empresas pequeñas; la señora Tschissik también, aunque no se habían puesto de acuerdo entre sí; además, ella pregunta a todos los presentes por los precios de los billetes; varias veces dijeron: Ya sería bastante si ganamos auf parnusse [‘para comer’][150]. La niña le frota la mejilla contra el brazo; seguro que ella no se da cuenta, pero para el adulto se sigue de eso la convicción infantil de que nada puede pasarle a una criatura que está con sus padres, aunque estos sean unos actores nómadas, y de que las verdaderas preocupaciones no se encuentran tan cerca de la tierra, sino sólo a la altura de la vista de los adultos. Yo estaba totalmente a favor de Teplitz, pues podía darles una carta de recomendación para el Dr. Polacek[151] y así hacer algo por la señora Tschissik. Con la oposición de Pipes, que preparó él mismo las papeletas para sacar a suerte las tres ciudades posibles y dirigió vivamente el sorteo, las tres veces salió Teplitz. Me fui a la mesa de al lado y, excitado, escribí la carta de recomendación. Con la excusa de que tenía que ir a mi casa para averiguar la dirección exacta del Dr. Polacek, que en realidad era innecesaria y que en mi casa tampoco sabía nadie, me despedí. Mientras Löwy se preparaba para acompañarme, estuve jugueteando, cohibido, con la mano de la mujer y el mentón de su niña.


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