Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 9.XI 1911. Soñado anteayer[152]: Ocurría todo en un teatro, unas veces yo estaba arriba en el gallinero, otras en el escenario; una chica que me gustaba hace unos meses era una de las actrices, arqueaba su cuerpo flexible cuando, aterrorizada, se agarraba al respaldo de un sillón; desde el gallinero yo señalaba con el dedo a la chica, que hacía un papel de hombre, a mi acompañante no le gustaba. En uno de los actos el decorado era tan grande que no se veía nada más, ni el escenario, ni la sala, ni la oscuridad, ni las candilejas; todos los espectadores estaban, en grandes multitudes, en el escenario, que representaba el Altstädter Ring, probablemente visto desde la entrada de la Niklasstrasse. Aunque, en consecuencia, no se debería haber visto en realidad ni la plaza que está frente al reloj del Ayuntamiento ni el Kleiner Ring, sí se había conseguido, mediante breves giros y lentas oscilaciones del suelo del escenario, que se pudiera divisar, por ejemplo, el Kleiner Ring desde el palacio Kinsky. Esto no tenía otra finalidad que completar en lo posible el decorado, ya que estaba hecho con tal perfección que habría sido realmente una pena que se dejara de ver algo de él, que era, como yo bien sabía, el más bello decorado de toda la tierra y de todos los tiempos. La iluminación venía determinada por unas nubes oscuras, otoñales. La luz del sol tamizado brillaba dispersa en algún que otro cristal de las ventanas pintadas de la parte sudeste de la plaza. Como todo era de tamaño natural y estaba ejecutado sin el más mínimo error, causaba una impresión conmovedora el hecho de que un viento suave abriese y cerrase con su soplo algunos batientes de las ventanas, sin que, a causa de la gran altura de las casas, se oyese ningún ruido. La plaza tenía una fuerte pendiente, el adoquinado era casi negro, la iglesia de Tyn estaba en su sitio, pero delante de ella había un pequeño palacio imperial en cuyo patio delantero estaban reunidos ordenadamente todos los monumentos que habitualmente se alzaban en la plaza: el pilar de la Virgen, la vieja fuente frente al Ayuntamiento, que yo no he visto nunca, la fuente frente a la iglesia de San Nicolás y una valla de tablones que ahora han levantado alrededor de la excavación para el monumento a Hus. Lo que allí se representaba —a menudo se olvidaba en la sala, cuánto más en el escenario y entre bastidores, que sólo se trataba de una representación— era una fiesta imperial y una revolución. La revolución era tan grande, con unas gigantescas masas populares enviadas a recorrer arriba y abajo la plaza, que probablemente nunca había habido una así en Praga; era evidente que se la había trasladado a Praga sólo por el decorado, aunque en realidad correspondía a París. De la fiesta por el momento no se veía nada; la corte, en todo caso, había salido en sus carruajes a una fiesta, entretanto había estallado la revolución, el pueblo había invadido el palacio, yo mismo iba en ese momento corriendo hacia un sitio despejado por los bordes de las fuentes que había en el patio de delante, pues querían imposibilitar el regreso de la corte al palacio. Allí venían los carruajes de la corte por la Eisengasse, a tal velocidad que mucho antes de la entrada al palacio tenían que frenar y se deslizaban por el empedrado con las ruedas bloqueadas. Eran carruajes de los que se ven en las fiestas populares y en los desfiles, es decir, planos, envueltos en guirnaldas de flores, y de sus plataformas colgaba un paño de colores que, rodeándolas, tapaba las ruedas. Todo lo cual incrementaba el terror que suponía tanto apresuramiento. Al encabritarse ante la entrada, los caballos, enloquecidos, arrastraban los carruajes hacia el palacio, girando desde la Eisengasse. En aquel momento afluían a la plaza, pasando a mi lado, muchas personas, la mayoría de ellas espectadores que yo conocía de la calle y que quizá acababan de llegar. Entre ellos estaba también una chica conocida mía, pero no sé cuál; a su lado caminaba un hombre joven, elegante, con un gabán a cuadritos, de color pardo amarillento, con la mano derecha hundida en el bolsillo. Se dirigían a la Niklasstrasse. A partir de ese momento ya no vi nada más.