Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Lo que sà es seguro es mi aversión a las antÃtesis. Es cierto que llegan de manera inesperada, pero no sorprenden, pues siempre estuvieron muy cerca, al alcance de la mano; si eran inconscientes, lo eran sólo en su más extrema periferia. Es cierto que son fuente de rigor, plenitud, totalidad, pero sólo como una figura en la rueda de la vida[169]; nuestra pequeña ocurrencia la hemos ido persiguiendo en cÃrculo. Por muy distintas que puedan ser, carecen de matices, le crecen a uno bajo la mano como esponjas llenas de agua, al principio con vista hacia lo ilimitado y al final con un tamaño mediano, siempre igual. Se enrollan, no es posible extenderlas, no ofrecen punto de apoyo, son agujeros en la madera, son avances inmóviles, atraen, bajándolas hacia sÃ, como he mostrado, otras antÃtesis. Ojalá las atrajesen todas para siempre.
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Para mi obra de teatro: Weiss[170], el profesor de inglés, que una vez, una noche, con la espalda tiesa, las manos apretadas en los bolsillos, con su amarillento sobretodo extendido en pliegues, cruza rápidamente la calzada por la Wenzelsplatz a grandes pasos, al lado mismo del tranvÃa eléctrico, que aún está parado, pero ya toca la campanilla. Se aleja de nosotros.
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E. ¡Anna!
A. (alzando la vista) ¿S�