Diarios & Carta al padre

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Sólo más tarde puede extrañarnos que, a pesar de su viveza, determinadas condiciones de vida ajenas a nosotros estén descritas inmutablemente en el libro, por mucho que creamos saber por experiencia propia que nada en el mundo está más lejano de una vivencia, como por ejemplo el duelo por la muerte de un amigo, que la descripción de esa vivencia. Pero lo que vale para nosotros no vale para la persona extraña. En efecto, aunque no logramos hacer justicia a nuestros sentimientos en nuestras cartas —aquí hay, por supuesto, abundantes gradaciones que se difuminan por ambos lados—, si incluso hallándonos en las mejores condiciones, hemos de recurrir una y otra vez a expresiones como «indescriptible», «inefable», o a un «tan triste» o «tan hermoso», seguido de una frase, que rápidamente se desmorone, antecedida por un «que», en compensación disfrutamos de la capacidad de captar los relatos ajenos con la tranquila precisión que nos falta, en esa medida al menos, a la hora de escribir nuestras propias cartas. Nuestra ignorancia acerca de los sentimientos que alguna vez, según el caso, han alisado o arrugado la carta que tenemos delante, justo esa ignorancia se convierte en comprensión, pues estamos forzados a atenernos a la carta que está ahí, a creer sólo aquello que se encuentra en ella, a encontrar eso, por lo tanto, perfectamente expresado y, como es justo, a ver despejado el camino que lleva de una expresión perfecta a lo más humano. Así, las cartas de Karl Stauffer, por ejemplo, contienen sólo el relato de la breve vida de un artista.


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