Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Ayer, antes de dormirme, vi la imagen dibujada de un grupo de personas aislado en el aire a la manera de una montaña, que se me figuró completamente nuevo en su técnica gráfica y, una vez ideado, de fácil ejecución[206]. HabÃa una reunión en torno a una mesa, el suelo se extendÃa hasta un poco más allá del cÃrculo formado por las personas, pero de toda aquella gente yo sólo conseguÃa ver fugazmente, esforzando mucho la vista, a un joven vestido a la antigua. TenÃa el brazo izquierdo apoyado en la mesa, la mano colgaba floja sobre su cara, que, juguetona, se alzaba dirigiendo una mirada hacia alguien que se inclinaba sobre él con gesto preocupado o inquisitivo. Su cuerpo, en especial la pierna derecha, estaba extendido con negligencia juvenil, más que sentado estaba acostado. Los dos nÃtidos pares de lÃneas que delimitaban las piernas se cruzaban y unÃan ligeramente con las lÃneas que delimitaban el cuerpo. Las ropas, de colores pálidos, se abombaban con débil corporeidad entre esas lÃneas. Asombrado por aquel hermoso dibujo, que producÃa en mi mente una tensión que, de eso estaba convencido, era la misma y, por cierto, constante tensión que podrÃa guiar cuando yo quisiera el lápiz que tenÃa en la mano, me sustraje a aquel estado crepuscular para poder repensar mejor el dibujo. En eso, no tardé en darme cuenta de que no habÃa imaginado otra cosa que un pequeño grupo de porcelana de color blanco grisáceo.