Diarios & Carta al padre

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25.XII [1911]. Lo que conozco, por medio de Löwy, de la actual literatura judía en Varsovia y lo que conozco, por mi propia visión parcial, de la actual literatura checa apunta a muchas ventajas del trabajo literario, como la agitación de los espíritus, la cohesión unitaria de la conciencia nacional, que a menudo permanece inactiva en la vida pública y se desintegra permanentemente; el orgullo y el sostén que la nación obtiene, para sí y frente al entorno hostil, de una literatura; esa especie de diario íntimo de una nación que es algo completamente diferente a la historiografía y que tiene por consecuencia un desarrollo más rápido, examinado desde muchos puntos de vista; la minuciosa espiritualización de la vida pública en su sentido más amplio, la vinculación de elementos descontentos que aquí, donde el daño sólo puede surgir de la negligencia, enseguida se vuelven útiles; la articulación del pueblo, que va formándose gracias al engranaje de las revistas y tiene siempre a la vista la colectividad; la limitación de la atención nacional a su propio ámbito y la absorción de lo extranjero sólo como reflejo; el creciente respeto a las personas activas literariamente; el despertar pasajero, pero fructífero, de aspiraciones superiores entre los jóvenes; la inclusión de los acontecimientos literarios entre las preocupaciones políticas; el refinamiento de la antítesis entre padres e hijos y la posibilidad de discutirla; la exposición de los defectos nacionales en una forma especialmente dolorosa, desde luego, pero disculpable y liberadora; la aparición de un comercio librero animado y, por lo tanto, consciente de su valor, y de un vivo deseo de libros — todos estos efectos pueden derivarse de la sola existencia de una literatura que no se desarrolla especialmente a lo ancho, pero que lo aparenta a causa de la escasez de talentos importantes. La vivacidad de una literatura así es incluso mayor que la de una literatura poblada de talentos, pues como en ella no hay escritores cuyas dotes reduzcan al silencio a la mayoría de los escépticos, la controversia literaria adquiere una justificación real a gran escala. Una literatura no traspasada por ningún talento carece por eso mismo de huecos por los que puedan colarse los indiferentes. Con ello la exigencia de atención de la literatura se hace más apremiante. La independencia del escritor individual queda mejor preservada, claro está que sólo dentro de las fronteras nacionales. La ausencia de modelos nacionales irresistibles mantiene apartados de la literatura a los completamente ineptos. Pero ni siquiera la escasez de aptitudes basta para dejarse influir por las imprecisas características de los escritores dominantes en un determinado momento, o para introducir el producto de literaturas extranjeras, o para imitar la literatura extranjera ya introducida, lo cual puede advertirse en el simple hecho de que, por ejemplo, dentro de una literatura abundante en grandes talentos como la alemana los peores escritores buscan los modelos a imitar sólo dentro de su propio país. La fuerza creadora y beneficiosa, en el sentido que acabo de indicar, de una literatura llena de individualidades mediocres se muestra especialmente fructífera cuando se empieza a registrar en una historia de la literatura a los escritores muertos. La innegable influencia ejercida antes y ahora por esos escritores se vuelve tan real que puede ser confundida con sus obras. Se habla de éstas y se está pensando en aquélla, es más, se leen éstas y se ve meramente aquélla. Pero como no cabe olvidar aquella influencia, y las obras, por sí mismas, no dejan huella en el recuerdo, tampoco hay olvido ni redescubrimiento. La historia de la literatura ofrece un bloque inmutable, digno de confianza, al que poco daño puede causar el gusto del momento. La memoria de una nación pequeña no es menor que la memoria de una nación grande, de ahí que dedique más atención al material de que dispone. Es cierto que da ocupación a un menor número de expertos en historia de la literatura, pero la literatura no es tanto cosa de la historia de la literatura cuanto cosa del pueblo y por ello se encuentra, si no en manos limpias, sí en manos seguras. Pues las exigencias que, dentro de un pueblo pequeño, la consciencia nacional plantea al individuo comportan que cada uno tenga que estar dispuesto a conocer la parte de literatura que a él le toca, a sostenerla, a abogar por ella, y a abogar por ella en cualquier circunstancia, aunque no la conozca ni la sostenga[223].


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