Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Mientras que unas veces pienso que yo era capaz de pensar con especial agudeza durante toda mi época de bachillerato, y también antes, y que la causa de que ya no consiga valorar eso adecuadamente es la posterior debilitación de mi memoria, otras reconozco que lo único que mi mala memoria pretende es halagarme y que me he comportado, en cosas por sà mismas insignificantes pero cargadas de consecuencias, con una gran pereza mental. AsÃ, por ejemplo, recuerdo que en mi época de bachillerato discutÃa bastante a menudo con Bergmann[234] —aunque no muy prolijamente, es posible que ya entonces me cansase con facilidad — sobre Dios y su posible existencia en un estilo talmúdico que o bien salÃa de mà mismo o bien imitaba de él. Por entonces me gustaba aludir a un asunto que habÃa encontrado en una revista cristiana —creo que Die Christliche Welt—[235], conforme al cual se establecÃa una comparación entre un reloj y el mundo, y el relojero y Dios, y la existencia del relojero demostraba supuestamente la de Dios. En mi opinión, yo era capaz de refutar muy bien ese argumento frente a Bergmann, aunque esa refutación no tenÃa un fundamento sólido en mà y me veÃa obligado, para poder emplearla, a recomponerla antes como un rompecabezas. Una refutación de ese tipo se produjo en una ocasión en que dábamos vueltas en torno a la torre del Ayuntamiento. Me acuerdo muy bien de eso porque Bergmann y yo nos lo recordamos mutuamente hace algunos años. — Pero mientras creÃa distinguirme con esa refutación —lo único que me movÃa a ello era el deseo de distinguirme y la alegrÃa que el hecho de actuar y la actuación misma me causaban—, sólo por no reparar en ello lo suficiente toleraba yo el ir siempre por ahà vestido con trajes malos cuya confección mis padres encargaban, alternativamente, a algunos clientes de su tienda, especialmente a un sastre de Nusle[236]. Como es natural, notaba, pues era fácil notarlo, que yo iba especialmente mal vestido, y veÃa también si otros iban bien vestidos, pero durante años mi mente fue incapaz de encontrar en mis trajes la causa de mi lamentable aspecto. Puesto que ya entonces me encontraba, más en mis premoniciones que en la realidad, en vÃas de menospreciarme a mà mismo, estaba convencido de que los trajes adquirÃan ese aspecto sólo en mÃ, un aspecto que primero era rÃgido, semejante a una tabla, y luego era arrugado y colgante. Yo no querÃa trajes nuevos, pues, ya que iba a ofrecer un aspecto igualmente feo, al menos querÃa sentirme cómodo y evitar exhibir ante el mundo, que se habÃa habituado a mis viejos trajes, la fealdad de los nuevos. Esta negativa, especialmente constante frente a mi madre, que se empeñaba en encargar con frecuencia para mà excesiva trajes nuevos de ese género, porque desde luego, ella sà sabÃa encontrar, con sus ojos de persona adulta, diferencias entre los trajes nuevos y los viejos, esta negativa repercutió en mà por cuanto tuve que convencerme, confirmado en ello por mis padres, de que mi aspecto no me importaba en absoluto.