Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 2.I 1911 [1912]. Por consiguiente, también en mis maneras me plegué a mis malos trajes, andaba por ahà con la espalda curva, los hombros caÃdos, los brazos y las manos cohibidos; temÃa los espejos porque me mostraban con una fealdad que en mi opinión era inevitable y que, además, no podÃa reflejarse en ellos con total veracidad, pues si realmente hubiera tenido aquel aspecto, habrÃa debido causar más extrañeza; durante los paseos dominicales toleraba que mi madre me diese golpecitos en la espalda y me hiciese advertencias y profecÃas demasiado abstractas que yo no podÃa relacionar con mis preocupaciones de entonces. Lo que me faltaba por encima de todo era la capacidad de preocuparme lo más mÃnimo por el futuro concreto. Me atenÃa en mi pensamiento a las cosas presentes, y a su situación presente, no por rigor o por un interés demasiado ligado a ellas, sino por tristeza y por miedo, si es que la causa no era la debilidad de mi pensamiento; tristeza porque, resultándome tan triste el presente, yo creÃa que no debÃa abandonarlo hasta que desembocase en la felicidad; miedo porque, igual que temÃa el más pequeño paso en el presente, también me consideraba indigno, dado mi despreciable aspecto infantil, de juzgar seriamente, con responsabilidad, mi gran futuro de hombre adulto, que casi siempre se me ha figurado tan imposible que todo pequeño progreso me parecÃa una falsificación, y lo más cercano, inalcanzable. AdmitÃa más fácilmente los milagros que un progreso real, pero era demasiado frÃo como para no dejar los milagros en su esfera y el progreso real en la suya. De ahà que antes de dormirme pudiera dedicar mucho tiempo a imaginarme que algún dÃa, siendo rico, entrarÃa en la Ciudad de los JudÃos montado en un carruaje de cuatro caballos[237], liberarÃa con una simple orden mÃa a una chica guapa golpeada injustamente y me la llevarÃa en mi carruaje; pero esta frÃvola creencia mÃa, que sólo se alimentaba, probablemente, de una sexualidad ya malsana, dejaba intacta mi convicción de que no iba a aprobar los exámenes de final de curso; de que, si los aprobaba, no pasarÃa al curso siguiente; de que, aunque evitase eso con trampas, por fuerza suspenderÃa definitivamente los exámenes del último curso de bachillerato; de que, por lo demás, en algún momento, daba igual cuál, sorprenderÃa con toda certeza tanto a mis padres, adormecidos por mis regulares avances aparentes, como al resto del mundo con la revelación de una inaudita incapacidad. Y como la única señal indicadora del futuro que veÃa era mi incapacidad —sólo escasas veces mi débil trabajo literario—, el reflexionar sobre mi futuro no me traÃa nunca provecho; no era más que una prolongación de mi presente tristeza. Es cierto que, si me lo proponÃa, era capaz de caminar erguido, pero hacerlo me cansaba y tampoco era consciente del daño que podÃa causarme en el futuro un andar encorvado. Si tengo un porvenir, todo se arreglará por sà solo, eso era lo que me parecÃa; no habÃa elegido ese principio porque contuviese confianza en un futuro en cuya existencia no creÃa, sino que mediante él pensaba más bien aliviar mi vida. Caminar, vestirme, lavarme, leer, ante todo encerrarme en casa, empleando el mÃnimo esfuerzo y sin que me exigiese un mÃnimo de valor. Si iba más allá de esas cosas, lo único que conseguÃa eran escapatorias ridÃculas. En una ocasión parecÃa imprescindible que me hiciera un traje negro de etiqueta, sobre todo porque me forzaron a decidir si querÃa tomar unas clases de baile. Se llamó a aquel sastre de Nusle y hubo consultas sobre el corte del traje. Yo estaba indeciso, como siempre cuando tenÃa motivos para temer que una manifestación clara por mi parte podrÃa llevarme no sólo a una desagradable situación inmediata, sino, más allá de ella, a una situación aún peor. Al principio me negué, pues, a tener un traje negro, pero cuando me abochornaron ante aquel extraño haciéndome notar que yo no tenÃa ningún traje para los dÃas de fiesta, consentà en que se considerase la posibilidad de encargar un frac; pero como veÃa en un frac un trastorno terrible del que podÃa, en definitiva, hablarse, pero nunca tomar la decisión, nos pusimos de acuerdo en que fuera un esmoquin, que, por su semejanza con la habitual chaqueta, me parecÃa más soportable. Mas cuando oà que el chaleco tenÃa que ser por fuerza escotado y que, por lo tanto, tendrÃa que llevar también una camisa almidonada, tomé, puesto que habÃa que rechazar algo semejante, una resolución que casi superaba mis fuerzas. Yo no querÃa un esmoquin de esa clase, sino, dado que no habÃa otro remedio, uno forrado y ribeteado de seda, sÃ, pero cerrado hasta arriba. El sastre desconocÃa semejante modalidad de esmoquin, pero hizo notar que, fuera lo que fuese lo que yo me imaginase con semejante prenda, no podÃa ser un traje de baile. Bien, entonces no era un traje de baile, de hecho yo no tenÃa intención de bailar, eso no estaba ni mucho menos decidido, pero insistà en que me hiciese la prenda que le habÃa descrito. El sastre estaba tanto más atónito cuanto que hasta entonces yo siempre habÃa mostrado en esos casos un descuido abochornado y habÃa dejado, sin hacer ninguna observación ni manifestar ningún deseo, que él me tomase las medidas de los trajes nuevos y me los probase. De ahà que, dada también la insistencia de mi madre, no me quedase otro remedio que atravesar con aquel sastre, por penoso que resultase, el Altstädter Ring e ir hasta el escaparate de la tienda de un ropavejero en el cual yo habÃa visto expuesto desde bastante tiempo atrás un sencillo esmoquin de esa clase, que me habÃa parecido apropiado para mÃ. Por desgracia, sin embargo, ya habÃan retirado aquella prenda del escaparate; y en el interior de la tienda no pudimos descubrirla, aunque estuvimos mirando desde fuera con mucha atención; yo no me atrevÃa a entrar en la tienda sólo para ver aquel esmoquin, de forma que volvimos a casa tan en desacuerdo como antes. Para mà era como si el futuro esmoquin estuviera ya maldito por la inutilidad de aquella salida, al menos utilicé como pretexto el fastidio de las discusiones para despedir al sastre haciéndole un pequeño encargo cualquiera y dándole esperanzas en lo relativo al esmoquin, y me quedé allà cansado, entre los reproches de mi madre, alejado para siempre —a mà todo me sucedÃa para siempre— de las muchachas, de una apariencia elegante y del entretenimiento de los bailes. La alegrÃa que al mismo tiempo me producÃa eso me ponÃa malo y además tenÃa miedo de haber hecho el ridÃculo ante aquel sastre como no lo habÃa hecho hasta entonces ninguno de sus clientes.