Diarios & Carta al padre

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Puede reconocerse muy bien en mí una concentración orientada a la escritura. Cuando se hizo claro a mi organismo que el escribir era la dirección más productiva de mi naturaleza, todo tendió con apremio hacia allá y dejó vacías todas aquellas capacidades que se dirigían preferentemente hacia los gozos del sexo, la comida, la bebida, la reflexión filosófica, la música. Adelgacé en todas esas direcciones. Era necesario que así fuese, pues mis fuerzas en su conjunto eran tan exiguas que sólo reunidas podían servir, mal que bien, a la finalidad de escribir. Naturalmente, no encontré esa finalidad de forma autónoma y consciente, fue ella la que se encontró a sí misma, y ahora el único obstáculo, pero radical, que se le opone es la oficina. En todo caso no debo derramar lágrimas por no poder soportar a una amante, por entender de amor casi lo mismo que de música y tener que contentarme con sus efectos más pasajeros y superficiales, por haber cenado la Nochevieja salsifís negros con espinacas y haber bebido un cuarto de Ceres[242], y por no haber podido participar el domingo en la lectura que hizo Max de su trabajo filosófico; está bien clara la compensación de todo eso. Así las cosas, puesto que mi evolución ya se ha completado y, hasta donde llega mi vista, no tengo nada más que sacrificar, lo único que he de hacer para empezar mi verdadera vida, en la que mi cara podrá finalmente ir envejeciendo de forma natural a la vez que van progresando mis trabajos, es arrojar en ese grupo de cosas mi trabajo en la oficina.


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