Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 6.I 1912. Ayer, Der Vicekönig [El virrey], de Feimann[245]. Mi capacidad de ser impresionado por lo judío me abandona en estas obras porque son demasiado uniformes y degeneran en un lamento que se enorgullece de aislados estallidos más enérgicos. Al principio pude pensar que había ido a dar con un judaísmo en el que anclaría el mío propio, que se desplegaría en dirección a mí en esas obras y éstas me iluminarían y me harían avanzar en mi torpe judaísmo, pero, en lugar de eso, cuantas más obras presencio, tanto más van alejándose de mí. Quedan, naturalmente, las personas y a ellas me atengo. — La señora Klug tenía su homenaje y con ese motivo cantó algunas canciones nuevas e hizo un par de chistes nuevos. Pero sólo durante la primera canción estuve sometido completamente a su influencia, después establecí una relación fortísima con cada partícula de su aspecto, con sus brazos extendidos y los dedos chasqueantes mientras canta, con los ensortijados rizos de sus sienes, con su fina camisa, lisa e inocente bajo el chaleco, con su labio inferior, que saca hacia fuera para saborear el efecto de un chiste (ya veis, yo hablo todos los idiomas, pero en yídish), con sus gordezuelos pies que, metidos en gruesos calcetines blancos, se dejan aplastar bajo los zapatos hasta detrás de los dedos. Al cantar ayer canciones nuevas perjudicó el principal efecto que causa en mí, consistente en que aquí se exhibe una persona que ha descubierto unos cuantos chistes y canciones a los que su temperamento y todas sus fuerzas dan expresión perfecta. Si esa exhibición sale bien, todo sale bien, y si disfrutamos dejando que esa persona a menudo cause su efecto sobre nosotros, entonces, naturalmente —y en esto quizá estén de acuerdo conmigo todos los oyentes—, no nos dejaremos desconcertar por la constante repetición de las canciones de siempre, sino que, más bien, aprobaremos eso como un recurso para concentrarnos mejor, igual que, por ejemplo, el oscurecimiento de la sala, y reconoceremos en ello, abstrayéndolos de la mujer, aquella impavidez y autoestima que nosotros precisamente buscamos. Pero cuando luego le llegó el turno a las canciones nuevas, que no podían enseñar nada nuevo de la señora Klug, pues las anteriores habían cumplido perfectamente esa misión, y cuando esas canciones pretendieron que se las considerase como tales, cosa totalmente injustificada, y nos distrajeron de esa forma de la señora Klug, pero al mismo tiempo mostraban que tampoco ella se sentía bien con esas canciones y ponía caras y hacía movimientos tan ineptos como exagerados, entonces a uno no le quedaba más remedio que enojarse, sin más consuelo que el recuerdo de su perfecta representación de otros tiempos, demasiado firme gracias a su veracidad inquebrantable como para dejarse perturbar por lo que estábamos viendo en aquel momento.