Diarios & Carta al padre

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Ayer en la fábrica. Las chicas con sus vestidos holgados e insoportablemente sucios, con sus peinados enmarañados como en el momento de despertarse, con su semblante paralizado por el incesante ruido de las correas de transmisión y de su propia máquina, que aun siendo automática se para de forma imprevisible; no son seres humanos, uno no los saluda, no les pide disculpas si les da un empujón; si se las llama para que hagan un pequeño trabajo lo ejecutan, pero regresan enseguida a su máquina; uno les indica con un movimiento de cabeza dónde deben intervenir, están allí en enaguas, sometidas al más pequeño poder y ni siquiera tienen la suficiente tranquilidad de espíritu como para reconocer ese poder y conquistar su simpatía con miradas o reverencias. Pero cuando dan las seis y ellas se lo gritan unas a otras, se desatan los pañuelos del cuello y del pelo, se quitan el polvo con un cepillo que corre por toda la sala y que algunas impacientes reclaman a gritos, se sacan las faldas por la cabeza y se lavan las manos lo mejor que pueden, entonces sí son, por fin, mujeres, entonces pueden sonreír a pesar de su palidez y de sus dientes estropeados, sacudir su cuerpo entumecido, y uno ya no puede darles un empujón, mirarlas y fingir no verlas, uno se aprieta contra cajas grasientas para dejarles paso, se quita el sombrero cuando dan las buenas noches, y si alguna quiere ayudarle a ponerse su gabán, no sabe cómo tomárselo.


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