Diarios & Carta al padre

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El lunes al mediodía, nada más cerrarse el banco, fue, naturalmente, a casa de la señora Durège. Ella abre la puerta de la calle, sólo una rendija, está asustada: «Pero señor Reichmann, cómo es que viene usted al mediodía. Mi marido está durmiendo. En este momento no puedo dejarlo entrar». «Señora Durège, es absolutamente necesario que me deje entrar. Se trata de un asunto importante.» Ella ve que me tomo la cosa en serio y me deja entrar. Su marido no estaba en casa, por supuesto. En una habitación contigua veo encima de una mesa mi manuscrito y enseguida me imagino lo ocurrido. «Señora Durége, ¿qué es lo que ha hecho usted con mi manuscrito? Lo ha dado, sin mi consentimiento, al Tagblatt. ¿Cuánto le han pagado?» Tiembla, no sabe nada, no tiene ni idea de cómo ha podido llegar al periódico. J’accuse[303], señora Durège, digo medio en broma, pero de tal forma que ella note mi verdadero estado de ánimo; durante todo el tiempo que estoy allí repito ese j’accuse a la señora Durège, para que se le quede bien grabado, y todavía lo digo varias veces al despedirme en la puerta. Comprendo muy bien su ansiedad. Si divulgo el asunto o le pongo una querella, es una mujer acabada, tiene que irse de El Progreso de las Mujeres, etc.




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