Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Por la tarde voy al Bohemia y mando llamar al redactor Kisch. Le cuento la historia, pero no quiere publicarla. «El Bohemia», dice, «no puede hacer una cosa así. Sería un escándalo y no podemos arriesgarnos a eso, pues no somos independientes. Ponga el asunto en manos de un abogado, es lo mejor.»
Cuando volvía del Bohemia me he encontrado con usted y por ello le pido consejo.
«Yo le aconsejo que arregle el asunto por las buenas.»
También yo he pensado que eso sería lo mejor. Al fin y al cabo, ella es una mujer. Las mujeres no tienen alma, dice Mahoma con razón. Perdonar sería también más humano, más goetheano.
«Desde luego. Y además, así tampoco tendría usted que renunciar a su recital, que de otro modo estaría perdido.»
«¿Qué debo hacer ahora?»
«Mañana usted va allí y dice que por esta vez acepta que pueda haberse tratado de una influencia inconsciente.»
«Eso está muy bien. Así lo haré, desde luego.»
«Pero no por eso tiene que renunciar usted a su venganza. Usted, sencillamente, hace que publiquen su artículo en otra parte y luego se lo envía a la señora Durège con una hermosa dedicatoria.»