Diarios & Carta al padre

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La invención del diablo. Si estamos poseídos por el diablo, entonces no puede ser uno solo, pues de lo contrario viviríamos, al menos en la tierra, tranquilos, como con Dios, en unidad, sin contradicción, sin reflexión, siempre seguros del ser que tenemos a las espaldas. Su rostro no nos espantaría, pues, por poca que fuera nuestra sensibilidad al respecto, en nuestra condición diabólica seríamos lo bastante listos como para preferir sacrificar una mano con que mantenerlo tapado. Si nos poseyera un único diablo, con una tranquila e imperturbada mirada de conjunto sobre nuestro ser y con libertad de disponer de nosotros en todo momento, tendría fuerza suficiente para mantenernos y aun lanzarnos, a lo largo de la vida, tan por encima de Dios que no llegaríamos a vislumbrarlo y, por lo tanto, no estaríamos inquietos por ese lado. Sólo el gran número de diablos puede constituir nuestra desdicha terrenal. ¿Por qué no se exterminan unos a otros, hasta que sólo quede uno, o por qué no se subordinan a un gran diablo? Ambas cosas responderían al principio diabólico de engañarnos de la forma más perfecta posible. ¿De qué sirve, mientras no haya unidad, el cuidado meticuloso que todos los diablos nos dedican? Es obvio que a los diablos tiene que importarles más que a Dios la caída de un solo cabello humano, pues para el diablo ese cabello se pierde realmente, pero para Dios, no. Sólo que mientras sean tantos los diablos que nos poseen, nunca tendremos bienestar.


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