Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Era una mañana de domingo[364], en una primavera magnífica. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba en su habitación, en el primer piso de una de esas casas bajas y de construcción ligera que orillaban el río formando una larga hilera y apenas se diferenciaban por la altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de juventud que se hallaba en el extranjero, la cerró con juguetona morosidad y miró luego por la ventana, el codo apoyado en el escritorio, en dirección al río, al puente y a las colinas de la otra orilla, cubiertas de un pálido verdor. Estaba pensando en cómo ese amigo, descontento con los progresos que había hecho en su país, se había refugiado literalmente en Rusia hacía ya años. Ahora regentaba en San Petersburgo un negocio que al principio había funcionado muy bien, pero que parecía haberse estancado hacía ya tiempo, según se lamentaba en sus cada vez más esporádicas visitas. Se mataba, pues, trabajando inútilmente en el extranjero; una exótica barba corrida cubría mal esa cara tan familiar desde la infancia, cuya tez amarillenta parecía insinuar una enfermedad latente. Como él mismo contaba, no tenía allí ninguna relación auténtica con la colonia de sus compatriotas y casi ningún trato con las familias del lugar, por lo que se preparaba a vivir en una soltería definitiva.