Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre ¿Qué se le podÃa escribir a un hombre asÃ, que a todas luces se habÃa equivocado de camino y al que se podÃa compadecer, pero no ayudar? ¿Aconsejarle acaso que volviera a su paÃs, que trasladase otra vez allà su existencia, que reanudase el contacto con sus antiguas amistades —algo a lo cual nada se oponÃa — y que confiase además en la ayuda de los amigos? Esto, sin embargo, equivalÃa a decirle al mismo tiempo —y de manera no por indulgente menos ofensiva — que sus intentos precedentes habÃan sido vanos y debÃa abandonarlos de una vez por todas, que tenÃa que regresar y dejar que todos lo mirasen con ojos llenos de asombro como alguien que ha vuelto para siempre, que sólo sus amigos entenderÃan algo y que él mismo era un niño grande y debÃa seguir el ejemplo de los amigos que se habÃan quedado en su paÃs y habÃan tenido éxito. Pero ¿qué seguridad habrÃa de que todo el sufrimiento que forzosamente iban a causarle tuviera algún sentido? Tal vez ni siquiera lograsen que volviera a casa — él mismo decÃa que ya no entendÃa la situación existente en su patria—, y Georg se quedarÃa pese a todo en el extranjero, amargado por los consejos y un poco más distanciado de sus amigos. Pero si de verdad seguÃa el consejo y, una vez aquÃ, acababa oprimido —no por algún propósito deliberado, claro está, sino por los propios acontecimientos —, si no lograba ya estar a gusto ni con sus amigos ni sin ellos, si se sentÃa humillado y ya sin patria ni amigos de verdad, ¿no le valdrÃa mucho más quedarse en el extranjero tal y como estaba? Dadas estas circunstancias, ¿cabÃa pensar que realmente saldrÃa adelante aquÃ?