Diarios & Carta al padre

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Un joven al que había conocido fugazmente durante la travesía le dijo al pasar: ¿Qué? ¿No tiene ganas de bajar? «Estoy dispuesto», dijo Karl sonriéndole y, por orgullo y porque era un muchacho fuerte, se echó la maleta al hombro. Sin embargo, al mirar por encima de su amigo, que se alejaba ya con los otros agitando levemente su bastón, se dio cuenta de que había olvidado el paraguas abajo, en el barco. De inmediato pidió al amigo, que no pareció alegrarse mucho, que tuviera la amabilidad de esperar un instante junto a la maleta, echó una ojeada alrededor para poder orientarse a la vuelta y se fue a toda prisa. Al llegar abajo se llevó la desagradable sorpresa de encontrar cerrado por primera vez un pasillo que le habría servido de atajo, lo que estaba relacionado probablemente con el desembarco de los pasajeros, y tuvo que buscar con dificultad su camino a través de un sinnúmero de pequeños espacios, corredores que zigzagueaban continuamente, escaleras cortas que se sucedían sin cesar y una habitación vacía con un escritorio abandonado, hasta que acabó extraviándose por completo, ya que sólo había hecho aquel camino una o dos veces y siempre en compañía de otros. En su desconcierto, y como no encontraba a nadie y sólo oía avanzar continuamente por encima miles de pies, mientras de lejos le llegaba, como un jadeo, la última actividad de las máquinas ya apagadas, empezó a llamar, sin pensárselo mucho, a una puertecilla ante la que se había detenido en su vagar de un lado a otro. «Está abierta», gritó una voz desde dentro, y Karl la abrió lanzando un auténtico suspiro de alivio. «¿Por qué aporrea la puerta como un loco?», preguntó un hombre gigantesco, que apenas miró al joven. Por alguna claraboya, una luz turbia y ya consumida en lo alto del barco caía en el mísero camarote, donde una cama, un armario, una silla y el hombre se hallaban muy cerca entre sí, como estibados. «Me he perdido», dijo Karl; «durante el viaje no me había dado cuenta, pero es un barco enorme.» «En eso tiene razón», dijo el hombre con cierto orgullo y sin dejar de manipular la cerradura de una maletita, que apretaba una y otra vez con ambas manos, atento al chasquido del cierre. «Pero ¡entre usted!», añadió el hombre. «No querrá quedarse ahí fuera.» «¿No lo molesto?», preguntó Karl. «¿Por qué habría de molestarme?» «¿Es usted alemán?», intentó asegurarse Karl, pues había oído hablar mucho de los peligros que amenazaban en América a los recién llegados, sobre todo por parte de los irlandeses. «Lo soy, lo soy», dijo el hombre. Karl titubeaba aún, pero el otro cogió de improviso el picaporte y, cerrando la puerta de golpe, empujó a Karl al interior del camarote. «No soporto que me miren desde el pasillo», dijo volviendo a concentrarse en su maleta. «Todo el mundo pasa y mira, y eso no hay quien lo aguante.» «Pero si el pasillo está vacío», replicó Karl incómodamente apretujado contra una de las patas de la cama. «Sí, ahora», replicó el otro. «Pues de ahora se trata», pensó Karl «no resulta fácil hablar con este hombre.» «Échese en la cama, tendrá más espacio», dijo el hombre. Karl se encaramó a la cama lo mejor que pudo, riéndose en voz alta en su primer vano intento de subirse tomando impulso. Pero en cuanto estuvo allí exclamó: «¡Dios mío, se me ha olvidado por completo la maleta!». «¿Dónde?» «Arriba, en cubierta, un amigo me la está vigilando. ¿Cómo se llamaba?» Y de un bolsillo secreto que su madre le había cosido para el viaje en el forro del abrigo sacó una tarjeta de visita: «Butterbaum, Franz Butterbaum». «¿Le hace mucha falta esa maleta?» «Por supuesto.» «Entonces ¿por qué se la ha confiado a un extraño?» «Me había olvidado el paraguas abajo y corrí a buscarlo, pero no quise cargar con la maleta. Y encima he acabado perdiéndome.» «¿Está solo? ¿No lo acompaña nadie?» «Sí, solo.» «Quizá no debería separarme de este hombre», pensó Karl, «¿dónde encontrar ahora un amigo mejor?» «Y resulta que encima se le pierde la maleta. Por no hablar del paraguas», y el hombre se sentó en la silla, como si los problemas de Karl hubieran cobrado cierto interés para él. «Creo que la maleta no la he perdido aún.» «Bienaventurados los que creen», dijo el hombre rascándose con fuerza el pelo oscuro, corto y espeso. «En el barco, las costumbres cambian con los puertos. En Hamburgo, su Butterbaum quizá le hubiera vigilado la maleta, pero aquí es muy probable que ya no quede ni rastro de los dos.» «En ese caso subiré a echar un vistazo ahora mismo», dijo Karl buscando con la mirada la salida. «Quédese donde está», dijo el hombre y, con la mano, le dio un empujón más bien brusco en el pecho, haciéndolo caer de nuevo en la cama. «Pero ¿por qué?», preguntó Karl indignado. «Porque no tiene sentirlo», respondió el hombre. «Dentro de un momento yo también subiré y podremos ir juntos. O bien le han robado la maleta y ya no hay nada que hacer, aunque la llore hasta el fin de sus días, o bien el hombre la sigue vigilando y entonces es un idiota y puede continuar haciéndolo, o bien es simplemente un hombre honrado y ha dejado la maleta donde estaba, en cuyo caso podremos encontrarla más fácilmente cuando el barco se vacíe del todo, lo mismo que su paraguas.» «¿Conoce bien el barco?», preguntó Karl con recelo, y le pareció que en la idea, en sí convincente, de que en el barco vacío sería más fácil encontrar sus cosas había gato encerrado. «Soy fogonero», dijo el hombre. «¡Es usted fogonero!», exclamó Karl contento, como si aquello superase todas sus expectativas y, apoyándose en el codo, miró más de cerca al hombre. «Justo frente al camarote donde dormía con los eslovacos había una escotilla por la que podía ver la sala de máquinas.» «Sí, ahí trabajaba yo», dijo el fogonero. «Siempre me ha interesado la técnica», dijo Karl sin apartarse de lo que estaba pensando, «y sin duda hubiera llegado a ser ingeniero de no haber tenido que venir a América.» «¿Y por qué ha tenido que venir?» «¡Ah!», dijo Karl apartando toda aquella historia con un ademán, al tiempo que miraba sonriendo al fogonero, como pidiéndole indulgencia por lo que no le confesaba. «Algún motivo habrá habido», dijo el fogonero, sin que se supiera muy bien si quería propiciar o rechazar la explicación. «Ahora yo también podría ser fogonero», dijo Karl, «a mis padres les da exactamente igual lo que haga.» «Mi puesto va a quedar libre», dijo el hombre y, con plena conciencia de ello, metió las manos en los bolsillos del pantalón y, para estirarlas, puso sobre la cama las piernas, envueltas en unas perneras arrugadas de tela color gris hierro que parecía cuero. Karl tuvo que arrimarse un poco a la pared. «¿Deja usted el barco?» «Sí señor, hoy nos largamos.» «¿Por qué? ¿No le gusta?» «Bueno, son las circunstancias: no siempre es decisivo que a uno le guste una cosa o no. Por lo demás, tiene razón, no me gusta. No creo que piense usted seriamente en ser fogonero, pero precisamente entonces es cuando resulta más fácil llegar a serlo. Yo se lo desaconsejo vivamente. Si quería usted estudiar en Europa, ¿por qué no hacerlo aquí? Las universidades americanas son incomparablemente mejores que las europeas.» «Es muy posible», dijo Karl, «pero casi no tengo dinero para estudiar. Cierto es que he leído sobre alguien que de día trabajaba en una tienda y de noche estudiaba, hasta que llegó a ser doctor y creo que incluso alcalde. Pero para eso hace falta una gran perseverancia, ¿no? Me temo que yo no la tengo. Además, nunca fui un alumno particularmente bueno y dejar el colegio no me costó ningún esfuerzo. Y quizá los colegios sean aquí más rigurosos aún. No sé casi nada de inglés. Y creo que, en general, la gente tiene aquí cierta prevención contra los extranjeros.» «¿O sea que usted también lo ha notado? Muy bien. Es usted mi hombre. Verá, estamos en un barco alemán, que pertenece a la compañía Hamburg-Amerika, ¿por qué entonces no somos todos alemanes? ¿Por qué el maquinista jefe es rumano? Se llama Schubal. Es realmente increíble. ¡Y ese granuja nos trata como esclavos a nosotros, alemanes, en un barco alemán! No vaya a creer», se había quedado sin aliento y agitó la mano para darse aire, «que me quejo por quejarme. Sé que usted no tiene ninguna influencia y es un pobre muchacho. Pero ¡esto es demasiado!» Y golpeó varias veces la mesa con el puño, sin dejar de mirar a Karl mientras golpeaba. «He servido ya en muchos barcos», y citó veinte nombres seguidos como si fueran uno solo, dejando a Karl totalmente perplejo, «y me he distinguido, he sido siempre elogiado, era un trabajador muy del gusto de mis capitanes e incluso estuve varios años en el mismo velero mercante», se puso en pie, como si aquello hubiera sido la culminación de su vida, «y ahora resulta que aquí, en esta carraca donde todo funciona de maravilla y no hace falta tener muchas luces, resulta que aquí no valgo para nada y soy un estorbo permanente para Schubal; aquí soy un gandul, merezco que me echen y me hacen un favor al pagarme un sueldo. ¿Lo entiende usted? Yo no.» «No debería tolerarlo», dijo Karl irritado. Casi había perdido la sensación de estar sobre el inseguro suelo de un barco, en la costa de un continente desconocido, de tan a gusto y como en casa que se encontraba allí, en la cama del fogonero. «¿Ha ido ya a ver al capitán? ¿Ha intentado hacer valer ante él sus derechos?» «¡Váyase! ¡Más vale que se vaya! No quiero que se quede aquí. No escucha lo que le digo y encima me da consejos. ¿Cómo quiere que vaya a ver al capitán?» Y el fogonero, cansado, volvió a sentarse y escondió la cara entre las manos. «No podría darle mejor consejo», se dijo Karl. Y pensó que más le hubiera valido ir a buscar su maleta que dar consejos que sólo eran considerados estúpidos. Cuando su padre le dio la maleta para siempre, le preguntó en broma: «¿Cuánto tiempo la conservarás?», y ahora su preciada maleta quizá se hubiera perdido de verdad. Su único consuelo era que su padre no podría averiguar absolutamente nada acerca de su situación actual, por mucho que lo intentara. Lo único que la compañía naviera podría decirle era que Karl había llegado a Nueva York. Pero Karl lamentaba haber usado apenas las cosas que llevaba en la maleta; por ejemplo, habría necesitado cambiarse de camisa hacía tiempo. Había ahorrado en lo que no debía; ahora, precisamente al inicio de su carrera, cuando más necesidad tenía de presentarse pulcramente vestido, tendría que presentarse con una camisa sucia. Una bonita perspectiva. De no ser por eso, la pérdida de la maleta no habría sido tan grave, porque el traje que llevaba puesto era incluso mejor que el de la maleta, que era en realidad un traje de repuesto que su madre había tenido que remendar muy poco antes de su partida. En ese momento recordó también que en la maleta había además un trozo de salami veronés, regalo especial de su madre, del que sólo había llegado a consumir una parte mínima, pues durante la travesía no había tenido nada de apetito y la sopa que se distribuía en el entrepuente le había bastado con creces. Sin embargo, ahora le habría gustado tener el embutido a mano para ofrecérselo al fogonero. Y es que es fácil ganarse a esa gente regalándole cualquier pequeñez; Karl lo sabía por su padre, que, repartiendo puros, se ganaba a todos los dependientes subalternos con los que trataba por asuntos de negocios. Todo lo que podía regalar Karl ahora era su dinero, y de momento prefería no tocarlo por si se le hubiera perdido la maleta. Sus pensamientos volvieron a ella, y no lograba explicarse por qué la había vigilado tan atentamente durante el viaje, hasta el punto de no poder casi dormir, y ahora dejaba que se la sustrajeran con tanta facilidad. Recordó las cinco noches en que había sospechado todo el tiempo de un pequeño eslovaco que dormía dos camastros a la izquierda del suyo, porque pensaba que le había echado el ojo a su maleta. Aquel eslovaco sólo esperaba que Karl, vencido por la debilidad, se adormilase un instante para arrastrar hacia sí la maleta con una larga vara con la que se pasaba el día jugando o practicando. De día, el eslovaco tenía un aire bastante inofensivo, pero en cuanto llegaba la noche, se levantaba de cuando en cuando de su camastro y lanzaba una mirada triste hacia la maleta de Karl. Éste podía darse perfecta cuenta de todo, pues nunca faltaba alguien que, con la típica inquietud del emigrante, encendiera aquí o allá alguna lucecilla —pese a que el reglamento del barco lo prohibía— para intentar descifrar los incomprensibles prospectos de las agencias de emigración. Si una de esas luces se hallaba cerca, Karl podía dormitar un poco, pero si se encendía a lo lejos o estaba oscuro, tenía que mantener los ojos abiertos. Aquel esfuerzo lo había dejado agotado. Y tal vez había sido totalmente inútil. ¡Si llegaba a encontrarse alguna vez con aquel Butterbaum!


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