Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre En ese momento se oyó fuera, a gran distancia, un ruido de golpes ligeros y breves, como de pisadas de niño, que irrumpió en la quietud hasta entonces total y se fue acercando cada vez con mayor fuerza hasta convertirse en un tranquilo marchar de hombres. Al parecer, y como era natural en el estrecho pasillo, avanzaban en fila india, y se oía un tintineo como de armas. Karl, que había estado ya a punto de entregarse en la cama a un sueño libre de cualquier preocupación por maletas y eslovacos, se sobresaltó y dio un codazo al fogonero para atraer por fin su atención, pues el extremo de la fila parecía haber llegado justamente a la altura de su puerta. «Es la banda de música del barco», dijo el fogonero. «Han estado tocando arriba y van a hacer el equipaje. Ahora sí que ha terminado todo y podemos irnos. ¡Venga!» Y agarrando a Karl de la mano, descolgó en el último momento una estampa de la Virgen que había en la pared, encima de la cama, se la guardó en el bolsillo del pecho, cogió su maleta y, junto con Karl, abandonó el camarote a toda prisa.