Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Karl hizo un gran esfuerzo para no dar un salto hacia delante. Pero en ese instante intervino el capitán, que dijo: «Escuchemos por una vez a este hombre. La verdad es que, con el tiempo, Schubal se me ha vuelto demasiado independiente, lo cual no significa, ni mucho menos, que esté a favor de usted.» Estas últimas palabras iban dirigidas al fogonero; era evidente que el capitán no podía tomar partido por él enseguida, pero todo parecía ir por buen camino. El fogonero inició sus declaraciones y ya al principio dio muestras de dominarse al dar a Schubal el tratamiento de «señor». ¡Qué alegría invadió a Karl junto al escritorio abandonado del cajero jefe, donde, en su júbilo, se entretuvo presionando una y otra vez el platillo de un pesacartas! El señor Schubal es injusto. El señor Schubal prefiere a los extranjeros. El señor Schubal expulsó al fogonero de la sala de máquinas y lo puso a limpiar retretes, tarea, naturalmente, nada propia de un fogonero. En determinado momento hasta se puso en duda la eficiencia del señor Schubal, presentándola como algo más aparente que real. Al llegar a este punto, Karl miró al capitán con aire enérgico y entrañable a la vez, como si fuera colega suyo, para que no se dejase influir desfavorablemente por la forma un tanto torpe en que se expresaba el fogonero. En cualquier caso, nada preciso podía sacarse en limpio de toda aquella cháchara, y aunque el capitán siguiera con la mirada fija ante sí, decidido a escuchar aquella vez al fogonero hasta el final, los otros señores comenzaron a dar muestras de impaciencia y la voz del fogonero dejó pronto de reinar ilimitadamente en la habitación, lo que hacía temer muchas cosas. El primero en moverse fue el señor de paisano, que puso en acción su bastoncillo de bambú, golpeteando, aunque suavemente, en el suelo de madera. Los otros señores, naturalmente, empezaron a mirar a su alrededor; los de la autoridad portuaria, que por lo visto tenían prisa, volvieron, un tanto distraídamente aún, a examinar sus expedientes; el oficial del barco se acercó de nuevo a su mesa, y el cajero jefe, que creyó tener ya ganada la partida, lanzó un hondo suspiro cargado de ironía. El único que parecía estar a salvo de la dispersión general era el ordenanza, que hacía suya una parte de las tribulaciones de aquel pobre hombre sometido a sus superiores y, muy serio, hizo una seña a Karl con la cabeza, como queriendo explicarle algo.