Diarios & Carta al padre

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Ante aquello, Karl no pudo continuar más tiempo inactivo. Se acercó lentamente al grupo y, mientras se movía, pensó tanto más deprisa cómo podría abordar el asunto con la mayor destreza posible. La verdad es que ya iba siendo hora: un rato más y los dos podrían salir disparados de la oficina. Probablemente el capitán era buena persona y en aquel momento debía de tener además algún motivo especial, según le pareció a Karl, para mostrarse como superior justo, pero al fin y al cabo tampoco era un instrumento que se pudiera tocar hasta que reventase, y precisamente así lo estaba tratando el fogonero, bien es verdad que movido por su indignación sin límites.

Por eso, Karl dijo al fogonero: «Tiene que contar todo eso con más sencillez y claridad; tal y como se lo está explicando, el señor capitán no puede juzgarlo. ¿Conoce él acaso a todos los maquinistas y recaderos por su apellido o su nombre de pila para saber, con sólo oírselos mencionar, de quién le está hablando? Exponga ordenadamente sus quejas, primero la más importante y luego las demás en orden decreciente, y puede que al final ni siquiera haga falta mencionar la mayoría de ellas. ¡A mí siempre me lo ha contado todo con mucha claridad!». «Si en América se pueden robar maletas, también se puede decir alguna mentira», pensó Karl para disculparse.


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