Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Y entonces, el señor del bastoncillo de bambú, que tan poco interés había demostrado por todo, se acercó a Karl y le preguntó, en voz no muy alta aunque sí perceptible entre el griterío del fogonero: ¿Y usted cómo se llama? En ese instante, como si alguien hubiera esperado detrás de la puerta aquella intervención del señor, llamaron a la puerta. El ordenanza miró al capitán, que asintió con la cabeza. Entonces el ordenanza se dirigió a la puerta y la abrió. Fuera había un hombre de medianas proporciones, vestido con una vieja levita cruzada y, a juzgar por su aspecto, no particularmente apto para trabajar en las máquinas, pero que, sin embargo, era… Schubal. Si Karl no lo hubiera advertido en los ojos de todos los presentes, que expresaban cierta satisfacción, sin exceptuar siquiera al capitán, habría tenido que verlo con espanto en el fogonero, que había apretado los puños de sus tensos brazos como si ese apretar fuera para él lo más importante, algo a lo que estaba dispuesto a sacrificar cuanto tenía en la vida. En eso residía ahora toda su fuerza, incluso la que lo mantenía en pie.