Diarios & Carta al padre

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Mi hermana dijo: «Es nuestra casa». Yo me asombré de cómo malentendía la distribución de los lugares y dije: «Pero entonces nuestro padre tendría que vivir en el retrete[378]».

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28.II [1913]. Ernst Liman llegó a Constantinopla[379] en viaje de negocios una lluviosa mañana de otoño y, como de costumbre —ya era la décima vez que realizaba aquel viaje—, sin preocuparse de nada más, se dirigió en coche con plena satisfacción, atravesando las calles por lo demás desiertas, al hotel en el que solía alojarse. Casi hacía fresco, la llovizna penetraba en el coche y, molesto por el mal tiempo que ese año había estado persiguiéndolo durante todo el viaje de negocios, subió la ventanilla del coche y se recostó en un rincón para echar una cabezada durante el aproximadamente cuarto de hora de trayecto que tenía por delante. Pero como circulaba precisamente por el barrio comercial, no disfrutó de tranquilidad, y su sueño, generalmente profundo, fue perturbado por los gritos de los vendedores callejeros, por el rodar de los vehículos de carga y por otros ruidos que, sin prestarles más atención, carecían de sentido, por ejemplo los palmoteos de una muchedumbre.


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