Diarios & Carta al padre

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Pero Fini ya había puesto en el estribo del coche uno de sus pies y, con los brazos cruzados sobre su pecho, dijo: «Pero ¿por qué no quiere usted dejar que le recomiende una casa?». Cansado de las molestias que ya había tenido que soportar allí, Liman se asomó e, inclinándose hacia ella, dijo: «¡Por favor, no me entretenga más con preguntas inútiles! Me voy al hotel y basta. Baje su pie del estribo, de lo contrario correrá usted peligro. ¡Adelante, cochero!». «¡Alto!», gritó, sin embargo, la muchacha y entonces trató decididamente de introducirse en el coche. Meneando desaprobadoramente la cabeza, Liman se puso en pie y con su corpulenta figura obstruyó la puerta. La muchacha intentó apartarlo empujándolo y para ello se valió también de su cabeza y de sus rodillas, el coche empezó a bambolearse sobre sus míseras ballestas, Liman no tenía donde agarrarse. Pero ¿por qué no quiere llevarme con usted? Pero ¿por qué no quiere llevarme con usted?, repetía una y otra vez la muchacha. Sin necesidad de recurrir a una violencia excesiva, con toda seguridad habría conseguido Liman apartar de allí a la muchacha, pese a que era robusta, de no ser porque el hombre de la levita cruzada, que hasta aquel momento había permanecido tranquilo, como si Fini lo hubiese relevado, al ver que Fini se tambaleaba, acudió rápidamente de un salto, sostuvo a Fini por detrás e intentó izar a la muchacha, empleando todas sus fuerzas para oponerse al rechazo, al fin y al cabo moderado, de Liman. Aprovechando esa ayuda, la muchacha entró efectivamente en el coche, cerró la puerta, que era empujada también desde fuera, dijo como para sí «Ya está» y se ordenó rápidamente la blusa, primero, y luego más a fondo el peinado. «Esto es inaudito», dijo Liman, que se había dejado caer de nuevo en su asiento, a la muchacha que estaba sentada frente a él.


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