Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre La primera vez que apareció el caballo blanco fue una tarde de otoño, en una calle grande, pero no muy concurrida, de la ciudad de A. Salió del zaguán de una casa en cuyo patio una agencia de transportes tenía amplios almacenes, de forma que a menudo salían por el zaguán troncos de caballos y, de vez en cuando, algún caballo suelto, de ahí que aquel caballo blanco no llamara especialmente la atención. Pero no pertenecía a las caballerizas de la agencia de transportes. Un trabajador que estaba delante del portal apretando las cuerdas de un bulto de mercancías reparó en el caballo, alzó la vista de su trabajo y luego la dirigió al patio, para ver si detrás del caballo venía el cochero. No apareció nadie, pero lo que sí ocurrió fue que el caballo, apenas pisar la acera, se encabritó violentamente y arrancó algunas chispas del empedrado; por un instante estuvo muy cerca de caerse, pero se recuperó de inmediato y empezó luego a subir trotando, ni muy deprisa ni muy despacio, la calle, que a aquella hora del crepúsculo estaba casi completamente desierta. El trabajador maldijo lo que le parecía una negligencia del cochero, gritó algunos nombres en dirección al patio, del cual salieron unos cuantos hombres, pero se quedaron de pie unos junto a otros en el portal, un poco asombrados, simplemente, pues enseguida se dieron cuenta de que aquel caballo era ajeno. Sólo al cabo de un rato algunos reaccionaron y corrieron un trecho detrás del caballo, pero como lo perdieron de vista, pronto regresaron.